Internacional
La farsa pesquera que convierte el mar en un campo de batalla absurdo
Una reforma bienintencionada convierte a los pescadores locales en carne de cañón de una guerra absurda por los recursos.

En un sublime giro de la lógica capitalista, el gobierno de la República de Gambia, en su infinita sabiduría progresista, ha decretado que la mejor forma de proteger a sus pescadores de la depredación extranjera es… ¡lanzarlos como carne de cañón a las cubiertas de los mismos buques que los exterminan! He aquí el nuevo y brillante concepto de “diplomacia pesquera”: si no puedes vencerlos, únete a ellos para que te golpeen más de cerca.
Kawsu Leigh, un joven patriota de 24 años, es el vivo ejemplo de este éxito rotundo. Su cuerpo, ahora un mapa de cicatrices pringosas y carne aún viva, es el monumento conmemorativo de una reforma genial. Su delito: haber aceptado el honor de servir como tripulante local en un barco arrastrero egipcio, tal y como exige la nueva normativa del gobierno. Su recompensa: un baño de gasolina y una cerilla como bonificación por su leal servicio. La compensación, una suma tan risible que apenas cubrió los vendajes, es el equivalente moderno de las treinta monedas de plata.
Mientras tanto, en el frente de batalla, dos valientes hermanos, Famara y Salif Ndure, libran una épica contienda contra monstruos metálicos diez veces más grandes que sus frágiles embarcaciones de madera. Su arsenal: tres redes agujereadas. El enemigo: flotas extranjeras que operan con la discreción de una discoteca flotante, iluminando la noche con luces de neón mientras devoran todo a su paso. “Parece una ciudad”, murmura un pescador, encapsulando perfectamente la surrealista invasión de acero que ha convertido su mar en un patio trasero industrial.
El gobierno, claro está, está haciendo todo lo posible. O casi todo. O algo. De vez en cuando, en un espectáculo de enforcement marítimo, detienen un barco. Es el equivalente ecológico de multar a un elefante por pisar el césped mientras saquea toda la aldea. Las multas son negociables, como en un bazar, y los reincidentes reciben una severa palmadita en el casco antes de ser invitados a continuar su festín. El Majilac 6, un barco con más reincidencias que un delincuente juvenil, es el alumno estrella de este sistema penal acuático.
La verdadera innovación gambiana, sin embargo, es la creación de un mercado de canibalismo laboral. Para dar “más voz” a los locales, el estado obliga a los buques extranjeros a contratar gambianos. Así, el pescador que ayer maldecía al arrastrero chino, hoy se convierte en su rehén asalariado, atrapado entre la ira de sus hermanos y el desprecio de sus nuevos amos. Es una jugada maestra: si los pescadores se matan entre ellos, el gobierno puede declarar un problema interno y lavarse las manos.
El colmo del absurdo llega con la solución final: los pescadores, arruinados, venden sus barcos a traficantes de personas para que otros jóvenes gambianos intenten la suicida travesía hacia Europa. Así, el mismo mar que les negó el sustento, se convierte en su tumba. Es el ciclo perfecto de la economía neoliberal: pescar, fracasar, vender el barco, morir en el intento de huida.
Y mientras tanto, en la mesa gambiana, el pescado local es un lujo inalcanzable. La población sobrevive a base de pollo congelado importado, un irónico monumento a la autosuficiencia. El ministerio de pesca, por su parte, sigue emitiendo licencias a 275 dólares la tonelada, porque, al fin y al cabo, un barco extranjero paga más impuestos que cien pescadores locales.
En este gran teatro de lo absurdo, la justicia es un pez escurridizo que siempre se le escapa a los más pobres. Los únicos que nadan en abundancia son los de siempre: los dueños de los arrastreros, los políticos que firman los permisos y los traficantes de esperanzas. El resto, como Kawsu Leigh, se retuerce de dolor en la cubierta, preguntándose si no sería mejor jugarse la vida en el Atlántico que seguir sirviendo de moneda de cambio en esta farsa ecocida.

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