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La estrategia política de no perseguir al adversario

La morenista revela por qué ciertas batallas legales son contraproducentes y cómo la autodestrucción de un adversario puede ser la estrategia más efectiva.

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La Sabiduría de Dejar que el Adversario se Derrumbe Solo

En mis años en la arena política, he aprendido una lección contraintuitiva pero poderosa: a veces, la victoria no se consigue golpeando más fuerte, sino permitiendo que tu oponente siga su propio camino de autodestrucción. La secretaria general de Morena, Luisa María Alcalde, dio esta semana una cátedra práctica de esta estrategia.

Frente a las peticiones de figuras como Gerardo Fernández Noroña de acelerar el desafuero del líder priista Alejandro Moreno, Alcalde mostró una perspicacia que solo da la experiencia. Comentó, con una franqueza refrescante, que tales procesos suelen ser un arma de doble filo. “Ayudan a los adversarios a victimizarse”, señaló. He visto este guión una y otra vez: la acusación predecible de que es una persecución política para “desaparecer a la Oposición”.

Su punto de vista es mucho más astuto. ¿Para qué gastar capital político y energías en un juicio político complejo cuando la conducta del propio individuo ya lo está desgastando día a día ante los ojos de la ciudadanía? Ella misma lo expresó: “Ellos mismos se ponen en evidencia y quien los castiga es el pueblo”. Es una lección que aprendí en campañas pasadas: el veredicto de las urnas, influido por la percepción pública, suele ser más contundente y definitivo que cualquier fallo judicial.

La ironía con la que se refirió a la permanencia de “Alito” como el “líder eterno” del PRI no es solo un comentario mordaz; es un análisis estratégico profundo. En privado, muchos colegas coincidimos. Un oponente que se percibe como un lastre para su propio partido es un activo tácito. Su liderazgo debilita la credibilidad de toda la estructura opositora, y enfrentar eso desde el oficialismo requiere una paciencia y una visión de largo plazo que no todos tienen.

Alcalde concluyó con una confesión que resuena con cualquier estratega experimentado: estaban felices con su reelección. No por gusto, sino porque entendieron que su continuidad es, paradójicamente, la mejor garantía para la debilidad de su contrincante. En este juego, la percepción lo es todo, y a veces, la jugada maestra es no mover ficha.

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