En un sublime ejemplo de la nueva normalidad que adorna nuestro paisaje nacional, los virtuosos guardianes de la Fiscalía General de la República protagonizaron una escena de profunda cotidianidad en el bucólico fraccionamiento Los Ángeles. No fue una fiesta de vecinos, sino una Orden Técnica de Investigación la que reunió a la comunidad, resultando en el secuestro de un modesto botín: apenas 34 artefactos explosivos de fabricación casera y una ametralladora Browning, el electrodoméstico de autodefensa preferido para el hogar moderno.
Todo comenzó con un patrullaje rutinario del Grupo de Fuerzas Especiales, cuyos agudos ojos detectaron un detalle estéticamente discordante: cartuchos útiles esparcidos en el jardín, como si fueran confeti de una celebración patriótica un tanto belicosa. Al asomarse, la decoración interior reveló su temática: “equipo táctico y artefactos explosivos”, una tendencia en diseño de interiores que, sin duda, refleja el espíritu de nuestros tiempos.
El ballet de las instituciones en su máxima expresión
Con la coreografía precisa de un ballet burocrático, el ejército y la Policía Estatal Preventiva montaron guardia en el perímetro, transformando la calle en un teatro al aire libre donde la ciudadanía pudo apreciar el protocolo. Dentro, los agentes federales, en un meticuloso inventario, catalogaron el menaje: 11 cartuchos sueltos, un cargador en su estado natural de repleción, dos guirnaldas de 265 cartuchos útiles y dos chalecos tácticos, indudablemente para las ocasiones especiales.
La delicada ceremonia de la destrucción controlada
Los 34 artefactos artesanales, testimonio del ingenio y la iniciativa privada, recibieron un tratamiento acorde a su peligrosidad. Los sabios de la célula Contra Explosivos los condujeron a un “área controlada” para su destrucción, un ritual de purificación necesario para mantener la fachada de seguridad, mientras el resto del arsenal invisible permanece, por supuesto, intacto y en funcionamiento en el mercado paralelo.
El gran misterio: ¿Quién sería el propietario de tal domicilio?
La Fiscalía, en un arrebato de curiosidad detectivesca, ha iniciado las primeras indagaciones para resolver el enigma: ¿qué clase de ciudadano modelo almacena artefactos explosivos improvisados junto a sus vajillas? Una investigación profunda que, sin duda, chocará con el muro de la eficiencia institucional y la conveniente opacidad, dejando la pregunta flotando en el aire, tan pesada e insidiosa como el humo de la pólvora después de una destrucción “controlada”.














