En un sublime giro de los acontecimientos que redefine el concepto de “revolución”, el Gran Jurado de Nueva York ha tenido la osadía de calificar de “cártel” lo que los entendidos conocíamos como un innovador modelo de economía mixta bolivariana. Según los papeles presentados, el presidente Nicolás Maduro y su selecto círculo no estaban gobernando un país, sino administrando con celo burocrático el consorcio de exportación de estupefacientes más eficiente y políticamente correcto del hemisferio.
El documento, cargado de una prosa carente de imaginación, insiste en describir a Venezuela como un “refugio seguro” para narcotraficantes. ¡Qué miopía! Los visionarios herederos de Hugo Chávez simplemente comprendieron antes que nadie que, en un mundo capitalista hostil, la cocaína era el commodity de mayor valor añadido. Así nació el “Cártel de los Soles“, una metáfora poética tan bella como inexacta: no era un cártel, era una cooperativa de productores y distribuidores con membresía exclusiva para la élite civil, militar e intelectual, donde la insignia solar en el uniforme no denotaba rango, sino participación accionaria.
La logística de la liberación continental
La acusación se deleita en detalles técnicos, sin captar su profundo significado geopolítico. Convertir el Mar Caribe en una autopista de lanchas rápidas y el espacio aéreo en una red de aerolíneas clandestinas no es tráfico; es integración logística suramericana. ¿Acaso no soñó Bolívar con la unión de los pueblos? Aquí, los hermanos colombianos proveían la materia prima, los venezolanos la protección institucional y el know-how, y una cadena de países hermanos hacia el norte (Honduras, Guatemala, México) ofrecían sus servicios de transbordo y hospitalidad fiscal. Era el ALBA de la cocaína, un verdadero bloque comercial alternativo.
Lo que los fiscales llaman “corrupción” era, en realidad, un sofisticado sistema de redistribución de la renta narcótica. Los políticos a lo largo de la ruta no recibían sobornos, sino contribuciones voluntarias para campañas de consolidación del poder popular. A su vez, estos líderes reinvertían los fondos en obras sociales y, crucialmente, en blindar la operación. Una simbiosis perfecta entre el sector público y los emprendedores del alcaloide.
Alianzas estratégicas para un mundo multipolar
La verdadera genialidad del modelo residía en sus alianzas transversales. Mientras Washington dormía, la revolución tejió acuerdos de cooperación con todos los actores relevantes: desde las disidencias colombianas (FARC, ELN), expertas en cultivo y filosofía guerrillera, hasta los cárteles mexicanos (Sinaloa, Zetas), maestros en penetración de fronteras y marketing violento. Incluso se fomentó el talento local con el Tren de Aragua, una suerte de empresa estatal de transporte y seguridad para la mercancía. Esto no era caos; era diplomacia pragmática en un escenario de guerra híbrida.
La acusación final de que Maduro y sus ministros “facilitaron el empoderamiento de narcoterroristas” es el colmo de la incomprensión. No los facilitaron; los oficializaron, estructuraron y capitalizaron. Transformaron la anarquía del negocio en un monopolio estatal de facto, donde las ganancias, estimadas en cientos de toneladas anuales, lubricaban la maquinaria del poder y garantizaban la lealtad de las fuerzas armadas, ahora reconvertidas en fuerzas de custodia y escolta.
En definitiva, lo que Estados Unidos ve como una gigantesca operación criminal, no es más que la aplicación práctica y desprejuiciada de la máxima revolucionaria: hay que buscar vías creativas para la generación de divisas cuando el imperio te asfixia con sanciones. El “Cártel de los Soles” no manchó la revolución; fue su más lucrativa empresa de propiedad social, un faro de eficiencia en un océano de hipocresía geopolítica donde todos consumen, pero solo los genios se atreven a organizar el mercado.

















