El sueño imperial de un billón y medio para forjar la paz con bayonetas

En un alarde de modestia y contención presupuestaria, el Ciudadano Primero, Don Magnánimo, ha desvelado su visión para la pacificación global: una asignación de un billón y medio de monedas de oro para el erario castrense. La propuesta, anunciada en estos “tiempos problemáticos y peligrosos” —cuyo principal problema y peligro parece ser la existencia de naciones que osan respirar fuera del corral hemisférico—, llega con la frescura de quien acaba de solventar un “asunto vecinal” secuestrando al alcalde de una república bananera para trasladarlo a un juicio por narcotráfico. Una operación de policía comunitaria, sin duda.

Mientras la flota estadounidense practica el *ius navigandi* en el Caribe como si fuera su piscina privada, el estadista ha renovado con entusiasmo infantil su capricho por adquirir Groenlandia, ese gigantesco cubito de hielo estratégico, y ha lanzado miradas de lobo hambriento hacia Colombia. Su secretario de Estado, por su parte, ha emitido el poético y diplomático ultimátum de que Cuba “está en problemas”, en lo que sin duda es un análisis geopolítico de profundidad maquiavélica.

La lógica impecable del ‘Ejército de Ensueño’

“Esto nos permitirá construir el ‘Ejército de Ensueño’ que nos merecemos”, proclamó el mandatario desde su púlpito digital, omitiendo mencionar que el sueño en cuestión se parece mucho a una pesadilla para el resto del planeta. La financiación de este onírico proyecto, nos asegura, proviene de los milagrosos aranceles impuestos a amigos y enemigos por igual, una suerte de Robin Hood a la inversa que roba a pobres y ricos para dar a los generales.

El capitalismo patriótico o la paradoja del misil

En un giro tragicómico de guion, el mismo paladín del capitalismo salvaje ha amenazado al gigante armamentístico Raytheon con la excomunión de los contratos públicos si no deja de engordar a sus accionistas con recompras y empieza a fabricar más y más rápido. La queja es sublime en su contradicción: el complejo militar-industrial es demasiado… industrial y financiero, y no lo suficientemente militar. Exige que los mercaderes de la muerte prioricen la producción de artefactos mortíferos sobre los dividendos, una herejía en la religión de Wall Street que hizo temblar los títulos de las sagradas corporaciones de la defensa.

“O Raytheon da un paso adelante… o ya no hará negocios con el Departamento de Guerra”, sentenció, resucitando el belicoso nombre de la institución que algún iluso renombró como “de Defensa”. La amenaza tuvo el efecto inmediato de hacer sangrar las acciones de los templos de la industria bélica, demostrando que el único dios verdadero sigue siendo el Mercado, incluso cuando el sumo sacerdote del Imperio le pide que fabrique más ídolos de destrucción.

Así, entre la captura de mandatarios, la compra de glaciares y la reconversión ética de los traficantes de armas, se erige la nueva doctrina: la paz universal se alcanzará cuando el último centavo del contribuyente se haya convertido en el último misil, y el mundo entero, convenientemente amedrentado o comprado, pueda por fin descansar bajo la férrea y costosísima protección del Sueño Americano.

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