La sublime revolución educativa y el arte de reinventar lo ya anunciado

En un acto de audacia conceptual que dejó boquiabiertos a los manuales de pedagogía, la Máxima Dirigente ha proclamado desde su púlpito matutino en el Palacio Nacional nada menos que una Revolución (con R mayúscula, por supuesto) en la educación media superior. No se trata de una simple reforma, ¡Dios nos libre!, sino de un cataclismo benevolente que, según sus profetas, recuperará las humanidades y la conciencia histórica, artefactos que, al parecer, estaban extraviados entre los anaqueles del olvido oficial.

La subsecretaria de turno, Tania Rodríguez</strong, desgranó con solemnidad los pormenores de esta gesta épica. Se habla de un “piso de materias” y un “techo de reglas de abrazo general”, una arquitectura lingüística tan sólida que probablemente hará llorar de emoción a cualquier ingeniero civil. Este nuevo Sistema Nacional, un ente tan amorfo como ambicioso, promete “acompañar” a las escuelas, un eufemismo conmovedor para una burocracia que históricamente las ha asfixiado.

La joya de la corona es el ciber bachillerato, una evolución del telebachillerato tan revolucionaria como pasar del fax al correo electrónico. La fórmula es simple y milagrosa: conectar una escuela a internet, instalar una sala de cómputo y, voilà, se abren “espacios formativos adicionales”. Así, la brecha digital se salvará con la misma facilidad con que un decreto crea realidades.

El plan de estudios, una torre de Babel pedagógica, incluye desde matemáticas hasta pensamiento filosófico, pasando por carreras del futuro como Biónica y Electromovilidad. Mientras, en la tierra firme de Michoacán, la revolución se traduce en 90 acciones, 10 ampliaciones y 60 ciber bachilleratos, generando exactamente 30 mil lugares adicionales, una cifra tan redonda y perfecta que huele a milagro estadístico.

En resumen, nos hallamos ante un espectáculo grandioso donde la retórica gubernamental, vestida con los harapos de la innovación, anuncia a los cuatro vientos el descubrimiento del agua tibia, pero empaquetada como elixir del progreso. Una sátira involuntaria donde lo único que parece automatizarse de verdad es el ciclo de promesas grandilocuentes y la fe inquebrantable en que un cambio de nombre equivale a una transformación de fondo.

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