En un acto de profundo y conmovedor patriotismo, calculado con la precisión de un lanzamiento de postemporada, la nación mexicana ha encontrado a su nuevo paladín. No en las canteras locales, ahogadas por la burocracia y el cortoplacismo, sino en los fríos y eficientes laboratorios del norte. Alejandro Kirk, un caballero acostumbrado a recibir pelotas a 150 kilómetros por hora y cheques con muchos ceros, ha sido oficialmente ungido para portar el sagrado verde. Las redes sociales, ese moderno Parnaso donde se consagran los héroes, estallaron en un éxtasis predecible, celebrando que un mercenario de lujo haya decidido, magnánimamente, prestar sus servicios a la causa patria por unas semanas.
¿Qué significa esta inclusión, se preguntará el ciudadano común? Es una lección magistral de geopolítica deportiva. Demuestra que el verdadero espíritu nacional no reside en el terruño, sino en el pasaporte oportuno y en el porcentaje de sangre que pueda ser verificada por un notario. Kirk, quien perfeccionó su arte en la Academia de la LMB antes de ser exportado como un fino producto de exportación, regresa ahora como un producto terminado, un símbolo brillante de que el sueño mexicano, en el béisbol, consiste en triunfar lejos para ser amado al regresar.
Él, junto al también importado Jarren Duran, formarán la vanguardia de lo que podríamos denominar la “Legión Extranjera Verde”. Un ejército de talento cultivado en el exigente suelo de las Grandes Ligas, que desembarcará brevemente para librar la batalla por la gloria nacional, antes de volver a sus cuarteles de invierno en Toronto o Boston. El mensaje es claro y aleccionador: el mérito local es loable, pero la salvación viene de fuera.
La máquina de propaganda ya está en marcha. Pronto se completará la lista de estos ilustres repatriados temporales, y el pueblo podrá disfrutar del sublime espectáculo de ver a sus héroes ensayar el patriotismo en un par de duelos de preparación ante los equipos de Arizona y Los Dodgers. Es un ritual perfecto: la fe nacional, puesta en manos de quienes visten nuestra camiseta como quien se pone un disfraz exótico para una función especial. Una alegoría perfecta de un mundo donde las identidades son flexibles, las lealtades son estacionales y el valor de un hombre se mide por su promedio de bateo, no por su lugar de nacimiento. ¡Viva México, caballeros! O al menos, viva lo que queda de él en el mercado global del talento.















