El pitido final en el Vélodrome no trajo alivio, solo el eco de un silbido ensordecedor. Un penalti convertido por Joaquín Panichelli en el minuto 97 le arrebató al Olympique de Marsella una victoria que tenía en el bolsillo. El marcador terminó 2-2 contra el Estrasburgo, pero los números son lo de menos.
Lo que realmente se desmoronó fue la ya frágil psicología de un equipo y una institución al borde del abismo. “Una vez más lo echamos todo a perder al final”, admitió con crudeza Amine Gouiri, autor de un gol y una asistencia. Y añadió la frase reveladora: > “Cuando las cosas pasan una docena de veces, no son las decisiones (tácticas) del entrenador, somos nosotros en el campo”.
Esta confesión pública es la punta del iceberg. La salida repentina de Roberto De Zerbi el miércoles, apenas días después de una humillante derrota 5-0 ante el PSG, no fue un punto y aparte. Fue el síntoma de una enfermedad crónica.
El ambiente en el estadio lo gritaba sin palabras. Dos gradas completamente vacías. Pancartas que exigían la salida del propietario Frank McCourt y del presidente Pablo Longoria. Los aficionados presentes abuchearon a sus propios jugadores desde el saque inicial. Este no es el enfado por un mal resultado; es la ruptura total entre un club con nueve títulos nacionales –el último en 2012– y su alma.
Mientras Gouiri brillaba con pases milimétricos para Mason Greenwood y un gol de técnica exquisita, la defensa volvía a desvanecerse. Un error torpe de Emerson Palmieri regaló el penalti del empate. Un patrón que se repite hasta la náusea.
La investigación periodística aquí no busca un culpable en el campo, sino en los despachos. ¿Cómo ha llegado un gigante a este nivel de descomposición? La respuesta parece tejerse entre una dirección cuestionada, una plantilla sin fortaleza mental y una afición que ha declarado la desobediencia civil.
La derrota del PSG en Rennes abría una ventana en la lucha por Europa, pero el Marsella parece empeñado en no asomarse a ella. Lens puede ahora superarlos. Cada punto perdido así no es un tropiezo deportivo; es otra losa en la lenta inhumación de una identidad.

















