El Mercado de la Carne: Arozarena y la Danza Millonaria del Béisbol

En un acto de conmovedora lealtad corporativa, el mercenario atlético Randy Arozarena ha sellado un pacto sagrado con la tribu de los Marineros de Seattle. El acuerdo, un efímero lazo de un año valorado en la módica suma de 15.65 millones de piezas de papel verde, representa un sublime aumento respecto a la limosna de 11.3 millones del año anterior. Así, ambas partes han evitado el bárbaro ritual del arbitraje, un espectáculo donde se discute, con la crudeza de un matadero, el precio exacto de la carne y el hueso del gladiador.

El sujeto, un híbrido cubano-mexicano de treinta monzones, se prepara diligentemente para su consagración final: la ansiada agencia libre, el Edén prometido donde los jugadores alcanzan la libertad de venderse al mejor postor, completando así el ciclo vital del atleta moderno. Adquirido en un trueque de la Tampa Bay, como si de un saco de granos se tratara, su rendimiento fue meticulosamente cuantificado: un promedio de .238, 27 explosiones de madera que hicieron enloquecer a las multitudes, y 76 carreras impulsadas. Un OPS de .760, cifra sagrada que los sumos sacerdotes de las estadísticas veneran para determinar el valor de un hombre.

Con siete años de servicio en los campos de concentración del entretenimiento masivo y dos apariciones en el Carnaval de las Estrellas, su hoja de vida es impecable: .250 de promedio, 118 jonrones, 390 carreras empujadas. Incluso porta el título de “MVP de la Serie de Campeonato de 2020”, una condecoración que, como una medalla de guerra, le garantiza un mejor puesto en la subasta del próximo invierno. El sistema funciona a la perfección: el hombre se convierte en número, el número en contrato, y el contrato en un titular que celebra la brillantez de este peculiar mercado de esclavos voluntarios y millonarios.

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