El Edificio de los Espejos Dorados
En el sagrado reino de los Angelinos, donde las estatuas de los dioses del diamante se funden periódicamente para pagar los pecados de la esperanza, se ha consumado una de esas transacciones metafísicas que solo los sumos sacerdotes de las finanzas deportivas pueden comprender. El venerable caballero Anthony Rendón, cuyo nombre ya es sinónimo de rehabilitación perpetua, ha logrado un nuevo milagro contable.
Una fuente, que habló bajo el manto sagrado del anonimato para no manchar su aura con la vulgaridad de los hechos, confirmó que el último año de su pacto faustiano de 245 millones de dólares ha sido sometido a una delicada reestructuración. Es decir, la montaña de oro que le era debida será pulverizada en fino polvo y esparcida en el tiempo, para que su brillo no deslumbre a los plebeyos que aún creen que el mérito y la remuneración guardan alguna relación causal.
Tratado sobre la Productividad Etérea
El ilustre atleta, quien ha elevado la cirugía de cadera a la categoría de arte performático, no mancilló los campos de juego la temporada pasada. Su contribución, nos explican los teólogos del deporte, fue de una naturaleza más sublime: una presencia spectral en la nómina, un recordatorio constante de que la fe, aunque ciega, tiene un precio de mercado perfectamente calculado.
Su terrible etapa —término técnico para designar un catálogo de desdichas musculares que costaron más que el PIB de una micronación— podría, nos susurran, haber concluido. No su remuneración, por supuesto. Eso sería bárbaro. La civilización, al fin y al cabo, se mide por la capacidad de una institución para seguir pagando con elegancia lo que no funciona.
Elogio del Ausente Bien Remunerado
El monumental contrato, firmado en una era en la que los Nacionales de Washington aún eran un recuerdo vívido en sus músculos, se ha revelado como una de las alegorías más perfectas de nuestro tiempo. En apenas 257 duelos —una cifra que cualquier obrero del swing consideraría una mala temporada—, el caballero Rendón ha logrado lo imposible: transformar el .242 de promedio y el .717 de OPS en los pilares de una leyenda financiera.
Mientras los ciudadanos comunes se desloman por un salario que exige productividad diaria, el sistema ha revelado aquí su más querido secreto: existe un nivel superior de logro, una cima inalcanzable para el vulgo, donde la recompensa se desvincula por completo de la acción. Se llama garantía. Y es, sin duda, el último bastión del verdadero idealismo en un mundo crudamente materialista.
Así, desde su rehabilitación en Houston, el maestro no solo restaura su cuerpo. Sin pretenderlo, restaura nuestra fe en el más puro absurdo: la máquina perfectamente engrasada que premia, con meticulosa puntualidad, la elocuencia de la ausencia.














