El Tri y el sublime arte de cultivar dudas con vistas al Mundial

El Año de la Gran Purificación (O de Cómo Sembrar Dudas a Granel)

Con la solemnidad de un estado mayor planeando el Día D, el año mundialista ha sido declarado abierto para la selección mexicana. La misión sagrada: mostrar una faz radicalmente opuesta a la del año anterior, un período que, a pesar de la gloriosa conquista de la Copa Oro (título continental que, como es sabido, equivale a ganar un torneo de tiro al blanco donde los únicos contrincantes son tu propio pie y un par de conejos asustados), dejó un regusto a incertidumbre y a pregunta sin respuesta. Un verdadero triunfo del espíritu.

Tras aquella épica hazaña en julio, el combinado nacional, en un acto de generosidad desbordante, se dedicó a esparcir semillas de perplejidad por los estadios del mundo. Su cosecha fue filosófica: cuatro empates (Japón, Corea, Ecuador, Uruguay) y dos derrotas (Colombia, Paraguay). Pero no fue cualquier derrota. La ante Paraguay se elevó a la categoría de alegoría nacional: una representación teatral en vivo que cuestionó la existencia misma de esos seres mitológicos llamados “referentes mundiales”. El proyecto, dirigido por el estratega Javier Aguirre, no construye un equipo; cultiva un jardín zen de interrogantes.

La responsabilidad, nos recuerdan con la gravedad de un oráculo, es colosal. Elementos como Raúl Jiménez, veterano de tres cruzadas anteriores, cargan con el peso de la historia. “Me ha tocado representar a México en otros tres mundiales, pero no creo que se comparen en nada con hacerlo en tu casa”, declaró el guerrero, evocando la incomparable presión de decepcionar a un continente entero desde la comodidad del hogar, donde los abucheos tienen el sabor casero de la abuela.

En el otro extremo del espectro de esperanza, emerge la figura del experimentado Hirving “Chucky” Lozano. Tras su retiro táctico del viejo continente, donde el protagonismo es un bien escaso, mantiene intactas sus ansias, tan frescas como en Rusia 2018. Su mensaje es un dechado de humilde ambición: “Espero llegar al tercero de la mejor manera. Espero me den la oportunidad”. Una súplica que resume el sueño de todo un pueblo: que les den la oportunidad. No ganarla, sino que se la otorguen, como un favor burocrático.

La preparación, como no podía ser de otra manera en un plan maestro, es estricta y selectiva. Los próximos combates ante Panamá, Bolivia e Islandia se librarán con el batallón de reserva, pues los legionarios de Europa son intocables. Así, el estratega deberá forjar el acero de la selección mundialista enfrentando a gigantes del balompié con… a los mismos de siempre. Una genial maniobra de distracción: mientras el mundo observa a los titulares ausentes, la verdadera magia ocurre en los campos de batalla secundarios, donde se decide si el “haberlo hecho en casa” será un mantra de gloria o el epitafio de una ilusión colectiva meticulosamente administrada.

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