En menos de cinco meses, el silbatazo inicial. La Selección Mexicana abrirá la Copa del Mundo 2026 ante Sudáfrica en el Azteca. Un honor enorme, pero también una presión que se siente desde ya en cada entrenamiento.
La preparación es todo. Lo he visto en ciclos anteriores: los amistosos no son solo partidos, son exámenes. El triunfo ajustado ante Panamá dejó un sabor agridulce. Ganar de visita siempre suma, pero el funcionamiento colectivo generó más interrogantes que respuestas claras.
Ahora toca medirse con Bolivia este domingo. Partidos en altura, contra equipos sudamericanos, forjan carácter. Son experiencias que no se simulan en ningún campamento.
El calendario se va armando como un rompecabezas. Después llegarán Islandia, Portugal y Bélgica. Este último, un rival de alto voltaje que te pone frente al espejo de la realidad. En mi experiencia, enfrentar a europeos potencia física antes del evento es crucial.
Pero el plato fuerte podría estar por venir. Se rumora con fuerza un duelo contra Brasil a finales de mayo.
Dicho partido contra Brasil se podría disputar el sábado 30 de mayo en Los Ángeles y podría ser el que sustituya al que se iba a llevar a cabo con Argentina.
Jugar contra La Canarinha sería la prueba de fuego definitiva. Es ese tipo de choque donde aprendes más en 90 minutos que en semanas de táctica pura. Te expone todas tus debilidades, pero también puede dar una confianza brutal si logras pararle el juego.
La FMF aún trabaja para cerrar los huecos de abril y mayo. Esa etapa final es delicada: necesitas ritmo, pero también cuidar al grupo de lesiones. El balance es un arte.
El camino está marcado. Cada amistoso es una pieza para armar al equipo que quiere hacer historia otra vez en casa.















