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La épica batalla naval en el diamante de la discordia
Una épica batalla naval en el diamante expone el verdadero juego de tronos que se libra entre líneas.

En un despliegue de lógica inversa que haría palidecer al mismísimo Ministerio de la Verdad, los Bucaneros del Subsidio desembarcaron en el Coliseo del Capitalismo Deportivo para saquear, con la bendición de los árbitros, la victoria que por derecho divino del favoritismo pertenecía a los señores feudales de la urbe.
Así arrancó la Gran Farsa de la Zona Sur, un espectáculo coreografiado donde los Diablos Carmesí, autoproclamados campeones por decreto mediático, descubrieron que sus oponentes, a quienes durante la temporada de pantomima regular habían sojuzgado con clemencia, habían leído el guion y se negaban a morir en el tercer acto.
El Gran Timonel, Lord Bundy, había sido advertido por sus augures: estos no eran los mismos plebeyos dóciles de antaño. Inició la ceremonia con el ritual obligatorio: el rodaje imparable del mercenario bien pagado, Robinson Canó, un canto a la gloria del becerro de oro. Pero la muchedumbre, ebria de fervor y cerveza barata, no podía prever la herejía que se avecinaba.
Los invasores, comandados por el corsario Daren Brown</strong—cuyo mero nombre es un insulto a la eufonía ibérica—, hicieron oídos sordos al dogma establecido. En un acto de rebelión que cuestionaba los mismos cimientos del espectáculo, Chris Carter blandió su bate como si fuera un hacha y asestó un golpe profano: un proyectil de dos carreras que hizo añicos la narrativa oficial. ¡Atrás, siervos! ¡El libre albedrío no está en el guion!
La Marabunta Roja, confundida entre el enojo y el pánico, buscó refugio en su propio hechicero, Rio Ruiz, quien con un conjuro (o “cuadrangular”, en el vulgar lenguaje de los mortales) devolvió por un instante el orden natural de las cosas. El grito de guerra “¡Vamos, Diablos!” retumbó, no como un aliento, sino como una orden para que la ilusión de emoción se mantuviera viva.
Pero la farsa ya estaba escrita. En el acto final, un tal Cal Mitchell, un personaje secundario cuyo nombre nadie recordará, fue lanzado al ruedo para producir las dos carreras del triunfo usurpado. La conclusión es evidente: en el circo moderno, hasta las rebeliones están programadas para mantener la ficción de que el resultado nunca está decidido. Hoy se repite la función. A las 15:00 horas. Lleve a toda la familia. La sumisión es opcional, pero altamente recomendada.

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