La experiencia de competir como atleta neutral en los Juegos Olímpicos

Los deportistas rusos no han desfilado con su bandera en unos Juegos Olímpicos de Invierno desde la cita de Sochi 2014.

Terskol, Rusia

En mi larga trayectoria siguiendo el deporte de élite, he aprendido que para atletas como Nikita Filippov, cada competición es una batalla contra pendientes más empinadas que las de las montañas que escala. En el escenario olímpico, esa lucha adquiere una dimensión completamente nueva, teñida de un contexto político del que ningún competidor debería ser rehén, pero que a menudo define su trayectoria.

Filippov, un esquiador de montaña de 23 años procedente de la remota Kamchatka, es un firme aspirante al podio en esta exigente disciplina, que combina la ascensión a pie con el descenso sobre esquís. Para los Juegos de Milán-Cortina, su estatus será el de “Atleta Neutral Individual”. He visto cómo esta etiqueta, más que un simple formulismo, pesa en la mente de los competidores. Representar a tu nación es un motor psicológico enorme; competir sin sus símbolos exige forjar una motivación interior aún más sólida.

“Me da un ímpetu competitivo adicional, porque quiero demostrar que somos fuertes, incluso sin bandera o himno”, compartió Filippov en un campamento en el Cáucaso. Sus palabras resuenan con una verdad que he observado repetidamente: cuando se les priva de la identidad colectiva, muchos deportistas redoblan su esfuerzo, transformando la adversidad en un combustible puro para la competición. La atención, irónicamente, puede incrementarse. Todo el mundo sabe de dónde vienen.

El camino hacia esta neutralidad forzosa es tortuoso. Tras el conflicto en Ucrania, muchas federaciones deportivas impusieron vetos. El Comité Olímpico Internacional (COI), en un intento por equilibrar principios, abrió una vía de participación individual y neutral para atletas rusos y bielorrusos. En París 2024 fueron quince, con el tenis aportando la única medalla. Para Milán-Cortina, las proyecciones son aún más modestas, quizás entre 15 y 20, y sin el desfile inaugural como delegación. Filippov, el primero en clasificarse, lo ve con pragmatismo: “Tendré más descanso y más fuerza para la carrera”. La experiencia te enseña a encontrar ventajas donde otros solo ven limitaciones.

Un panorama incierto y selectivo

La incertidumbre es la norma. Hasta ahora, solo un puñado de atletas ha recibido y aceptado la invitación neutral. La política del COI, bajo la nueva presidencia de Kirsty Coventry, excluye deportes de equipo, lo que deja fuera a figuras icónicas como el hockeyista Alexander Ovechkin. En cambio, podremos ver a patinadores artísticos con talento como Adeliia Petrosian o Petr Gumennik, y a algunos esquiadores de fondo que han regresado con fuerza al circuito internacional.

Los criterios de elegibilidad son estrictos y, en la práctica, polémicos: sin vínculos con agencias de seguridad o el ejército, y sin declaraciones de apoyo al conflicto. He sido testigo de cómo estas condiciones generan desconfianza y debates interminables sobre su aplicación real. Además, los obstáculos logísticos son constantes: denegaciones de visados, como las sufridas por saltadores de esquí, o prohibiciones de entrada directa, como ocurrió en Letonia con los lugers, añaden capas de dificultad imprevisibles.

La sombra alargada de Sochi y el dopaje

Para entender el presente, hay que mirar atrás. La relación de Rusia con los Juegos de Invierno está marcada por el escándalo de dopaje institucionalizado de Sochi 2014. Desde entonces, he cubierto cómo los atletas rusos han competido bajo diferentes banderas neutras: en Pyeongchang 2018 como “Atletas Olímpicos de Rusia” y en Beijing 2022 como “Comité Olímpico Ruso”. La Agencia Mundial Antidopaje aún considera “no conforme” al organismo ruso, limitando los controles in situ. Rusia siempre ha negado la implicación estatal, pero la sombra de la desconfianza es alargada.

El caso de la patinadora Kamila Valieva en Beijing 2022 puso el foco en los métodos de entrenamiento. La frialdad con la que fue tratada por su entorno, criticada abiertamente por el entonces presidente del COI, Thomas Bach, dejó una herida profunda en el movimiento olímpico. Ahora, Adeliia Petrosian, entrenada por la misma Eteri Tutberidze, llega con saltos cuádruples espectaculares pero con una experiencia internacional limitada. La duda sobre el bienestar de estas jóvenes atletas y la sostenibilidad de sus técnicas de alto riesgo es un escrutinio que, con razón, persiste.

En definitiva, lo que he aprendido a lo largo de los años es que el deporte de alto nivel nunca existe en un vacío. La historia de los atletas neutrales rusos es un crisol donde se funden la ambición personal, la maestría deportiva, la geopolítica y la ética. Competir en estas circunstancias requiere no solo un talento excepcional, sino una resiliencia mental extraordinaria. Son lecciones que van más allá del podio y que nos recuerdan la compleja y a veces dolorosa intersección entre el juego limpio, la identidad nacional y el sueño olímpico universal.

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