Alex Lora revela su profunda devoción guadalupana y su casi vocación sacerdotal

La Morenita, mi compañera de ruta en el rock and roll

En este camino de más de cinco décadas sobre los escenarios, hay una presencia constante que ha sido faro y refugio: la Virgen de Guadalupe. Muchos me conocen por las canciones de protesta o el rock, pero la verdadera columna de mi vida es una fe que se forjó en casa, con las enseñanzas de mi madre, doña Eloísa, y que se consolidó en los pasillos del Instituto Fray Juan Zumárraga.

Les confieso algo que quizá sorprenda: en mi adolescencia, entre acólitos y seminaristas, llegué a considerar seriamente la vida sacerdotal. Yo acompañaba los cantos religiosos con la lira, y en esa atmósfera de devoción, la idea de ser “padrecito” se presentó como un camino real. La música ya me llamaba, pero la fe tenía un peso enorme. La vida, como suele pasar, tenía otros planes y un giro inesperado me llevó por la ruta del rock, pero nunca abandoné a mi Guía.

He aprendido que la espiritualidad y el arte no son mundos separados, sino que se alimentan mutuamente. Por eso, la “Virgencita” siempre está presente. No es un símbolo decorativo; es un compromiso diario. En mi casa hay un altar dedicado a ella, la llevo estampada en algunas guitarras y, créanme, antes de cada concierto o entrevista importante, me encomiendo a ella. Es un ritual personal: “Virgencita, ayúdame a no regarla”. Esa conexión me ha dado una paz y un enfoque invaluables en medio del caos de las giras y la fama.

Esta vivencia me ha dejado una lección clara: el respeto es la base de toda creencia sincera. Por eso, en ocasiones me he pronunciado cuando veo que se utiliza la imagen de la Guadalupana con ligereza o para fines frívolos. No se trata de ser intolerante, sino de entender que para millones de mexicanos, ella representa la identidad más profunda de nuestra raza, un consuelo y una luz. En mi caso, estoy convencido de que de ella me ha llegado la salud para seguir cantándole al pueblo durante 56 años y la chispa de inspiración para componer.

En 1997, ese agradecimiento se materializó en la canción “Virgen morena”. No fue un tema comercial, sino un homenaje necesario, un deber del corazón. La fe, cuando es auténtica, no se guarda; se comparte. Y así, entre acordes de guitarra eléctrica y letras sociales, la Morenita del Tepeyac ha seguido siendo mi compañera silenciosa y poderosa, recordándome que, más allá de los reflectores, lo esencial siempre permanece.

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