Una broma nocturna que esconde preguntas incómodas
Mientras el mundo aún intentaba digerir la noticia de la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses el 3 de enero, un escenario muy diferente servía de tribunal informal. Stephen Colbert, desde su estudio en The Late Show, no se limitó a hacer reír. Armado con un humor ácido y una mirada escéptica, lanzó una serie de interrogantes que muchos en la prensa tradicional parecían eludir.
Conectando puntos entre risas y bombardeos
La primera transmisión de 2026 no comenzó con un chiste ligero. Colbert, ante la ovación de su público, recapituló con precisión quirúrgica los momentos icónicos de la operación: la imagen de Maduro siendo extraditado, la fotografía de Donald Trump observando los bombardeos en Caracas como si fuera un espectáculo, y la posterior conferencia en Mar-a-Lago donde el magnate elogió la misión. Pero fue su transición lo que resultó reveladora. “¿Saben lo que esto significa?”, preguntó, vinculando el evento con los archivos Epstein. “Esos archivos deben ser una locura”. Una conexión aparentemente absurda que, sin embargo, insinuaba un patrón de acciones ejecutivas opacas.
La pregunta que resuena en el vacío legal
El comediante abandonó por un momento la sátira para plantear una cuestión de fondo que expertos en derecho internacional ya formulaban: “Durante meses Estados Unidos ha estado amenazando a Venezuela. Entonces, ¿por qué de repente deciden secuestrar a su presidente en lo que parece ser una violación del derecho estadounidense e internacional?”. No había respuesta en su monólogo, solo el eco de una duda que expone la fragilidad del orden global cuando una potencia unilateraliza la justicia.
La ironía como destello de verdad
El golpe maestro llegó al abordar la declaración de Trump sobre “gobernar” Venezuela hasta lograr una “transición segura”. Colbert, con una sonrisa cargada de escepticismo, analizó: “Ah, entonces este país y Venezuela. Evidentemente cuando dice ‘América primero’ se refiere alfabéticamente”. Y remató con una afirmación que resonó como un veredicto: “Es una locura. No puede gobernar dos países a la vez, ni siquiera puede gobernar uno”. La audiencia rió, pero la risa dejaba un regusto amargo: la constatación de una ambición expansionista enmascarada en retórica salvadora.
El trasfondo que todos ven, pero pocos nombran
Colbert no concluyó sin señalar el elefante en la habitación. Su reflexión final enmarcó la operación no en ideales democráticos, sino en un recurso estratégico: el petróleo venezolano. Su advertencia, “Espero que el pueblo estadounidense no caiga en esto una segunda vez”, trascendió el chiste. Fue un llamado de atención, un recordatorio desde la cultura popular de que las narrativas oficiales suelen esconder intereses materiales. Más que un monólogo cómico, fue un ejercicio de periodismo cívico, demostrando que a veces la verdad se filtra mejor entre líneas de ironía que en los solemnes comunicados de la Casa Blanca.
















