El 2025: Un año de adioses que nos dejaron sin aliento
En esta profesión, uno se acostumbra a ver caras nuevas surgir, pero nada te prepara para las despedidas definitivas. El 2025 fue uno de esos años que, con el peso de la experiencia, sé que marcará un antes y un después. No fue solo una lista de fallecimientos; fue como si un capítulo entero de nuestra memoria colectiva se cerrara de golpe. Las pérdidas llegaron por todos los frentes: algunas anunciadas tras largas y valientes batallas contra la enfermedad, otras tan repentinas que nos dejaron una conmoción profunda, un vacío que el simple paso del tiempo no llena fácilmente.
El año arrancó con el silencio de Leo Dan. A sus 82 años, el cantautor argentino partió en paz, pero se llevó consigo la banda sonora de millones de romances latinoamericanos. En este oficio, he aprendido que el verdadero legado no está en los discos vendidos, sino en cómo una melodía como “Cómo te extraño mi amor” puede evocar una época completa de la vida de una persona. Su muerte nos recordó que los grandes compositores nunca se van del todo; sus acordes siguen ahí, esperando a ser tarareados.

Luego, en febrero, se apagó la voz indomable de Paquita la del Barrio. Francisca Viveros convirtió el despecho en un arte empoderador. “Rata de dos patas” no era solo una canción; era un grito de guerra para los corazones rotos. Su figura trascendió la música para convertirse en un símbolo cultural, enseñándonos que la autenticidad, por más ruda que sea, siempre encuentra un eco. La pérdida de Ozzy Osbourne meses después, el “Príncipe de las Tinieblas”, cerró un pilar fundamental del heavy metal. Haber visto su evolución, desde el caos de Black Sabbath hasta su icónica carrera en solitario, es un recordatorio de cómo un género puede nacer de la distorsión y conquistar el mundo.

El cine también vistió de luto. La partida de David Lynch, a los 78 años, nos privó de uno de los visionarios más inquietantes. Trabajos como “Twin Peaks” nos enseñaron que la narrativa podía ser onírica y perturbadora, y aún así, fascinante. En Hollywood, decir adiós a Diane Keaton y a Robert Redford fue como cerrar el libro de oro de una era. Keaton, con su estilo único e inteligencia afilada, y Redford, el epítome del *star system* con conciencia social y talento tras la cámara, dejaron un vacío que las nuevas generaciones tendrán el desafío de llenar con su propio carácter.
En México, el dolor fue particularmente agudo y diverso. La muerte violenta de Ernesto Barajas, vocalista de Enigma Norteño, fue un golpe bajo que trascendió lo artístico para exponer una cruda realidad que muchos artistas regionales enfrentan. Nos recordó, tristemente, que el talento a veces convive con contextos de gran peligro. En el espectáculo, la pérdida del conductor Daniel Bisogno a los 51 años removió los cimientos de la televisión de variedades. Su estilo irreverente y polémico, que tantas veces cubrí, demostraba que la audiencia valora la autenticidad, incluso cuando es incómoda.

Y luego, como un susurro final del año, se fue Eduardo Manzano, el “Polivoz”. Verlo en “Una familia de diez” hasta sus últimos días fue una lección de vocación y vigencia. Maestros como él, capaces de crear personajes entrañables como Agallón Mafafas, entendían algo esencial: la comedia familiar y bien hecha nunca pasa de moda. Su legado no son solo risas, sino un manual de timing y calidez frente a la cámara.
Mirando atrás, el 2025 nos dejó una lección clara, una que solo se aprecia con los años: las figuras no se miden solo por su fama, sino por la huella indeleble que dejan en la cultura. Su arte, sus canciones, sus actuaciones y hasta sus polémicas, se convierten en parte del tejido de nuestras propias historias. Despedirlos duele, pero celebrar su legado es la forma más honesta de mantenerlos con nosotros. El escenario ahora parece más vacío, pero el eco de su trabajo resonará por mucho, mucho tiempo.
















