En un giro argumental que ni los guionistas más audaces de Washington se atreverían a vender como plausible, Roger Waters, antiguo arquitecto de muros sonoros y nuevo profeta de la resistencia de salón, ha alzado su metafórico megáfono para condenar el último capítulo de la serie “Imperio: La Saga Interminable”. El episodio, titulado “Determinación Absoluta”, presenta la siempre original trama de marines estadounidenses ejerciendo de policías globales, esta vez en el exótico escenario de Venezuela, con el fin de detener al villano de turno, un tal Nicolás Maduro, acusado del pecado capital moderno: narcoterrorismo.
Desde su santuario digital, el bardo británico, cuya carrera activista es tan prolífica como sus discos de antaño, lanzó una epístola fílmica dirigida a los amos del universo. “Por el amor de Dios, Venezuela es una nación soberana, no se toca, gringos”, proclama el título, una súplica que, en los anales de la diplomacia, seguramente causará el mismo pavor en el Pentágono que una mosca en un portaaviones. Waters, con el ceño fruncido que otorga la certeza moral, declaró al mundo paralizado ante la “salvaje agresión activa” cometida por el imperio. Una agresión que, para sorpresa de nadie, sigue el libreto clásico: buques de guerra, detenciones espectaculares y la inquebrantable fe en que la libertad es un producto de exportación que solo se embarca con acompañamiento militar.
El coro imaginario del 99% y la soledad del profeta
En un alarde de estadística cósmica, el músico aseguró hablar por el “99 por ciento” de la humanidad, esa masa amorfa y silenciosa que, al parecer, delega en él su portavocía antimperial. “Estamos con ustedes”, rugió hacia el vacío, dirigiéndose a un pueblo bolivariano que, según esta narrativa, es un coro de víctimas pasivas en la ópera geopolítica. Frustrado, como un director de orquesta cuyos músicos se niegan a afinar, suplicó al gobierno estadounidense que dejara de comportarse como el matón del patio escolar. La ironía, por supuesto, es deliciosa: la misma potencia que durante décadas ha escrito las reglas del juego ahora es regañada por romperlas, no con un comunicado de la ONU, sino con un video de YouTube de un roquero septuagenario.
La cumbre del absurdo se alcanza cuando Waters, declarándose “hombre activo” pero no “hombre de oración”, promete hacer “todo lo que esté en su poder” para apoyar a Venezuela. Uno no puede evitar preguntarse cuál es exactamente ese poder: ¿la fuerza mística de un riff de bajo? ¿La autoridad moral de quien vendió millones de discos criticando precisamente la maquinaria deshumanizadora que ahora denuncia? Es el activismo como performance, donde la declaración sustituye a la acción, y el hashtag al sacrificio, en un mundo donde la soberanía de un país se debate entre misiles y tuits.
El eterno retorno de la farsa intervencionista
Así, el espectáculo continúa. Por un lado, la maquinaria bélica, pesada, literal, que redibuja fronteras con acero y fuego. Por el otro, la maquinaria retórica, etérea, digital, que redibuja la realidad con indignación y streams. Waters, como un Quijote con guitarra eléctrica, carga contra los molinos de viento del complejo militar-industrial, confiando en que su voz, amplificada por algoritmos y seguidores leales, pueda detener tanques. Es la tragicomedia moderna: mientras un presidente es trasladado en un buque de guerra para ser juzgado por su contraparte, un artista le ofrece su plegaria laica. El mundo observa, atónito, este duelo desigual entre la fuerza bruta y la fuerza moral, preguntándose, en el fondo, si no son ambas caras de la misma moneda de un cirso global donde todos, héroes y villanos, están atrapados en el mismo guión absurdo.

















