El gran espectáculo de la justicia imperial y sus corifeos en redes

En un giro de acontecimientos que solo podría ser concebido en la mente febril de un guionista de telenovelas con ínfulas geopolíticas, el Gran Director de Escena del Norte anunció, con el estruendo característico de un *post* de medianoche, la captura del villano oficial del continente. Acto seguido, el coro de las musas del exilio, esas divinidades menores del *reality* y la balada ligera, entonó un himno unánime desde sus altares digitales: “¡A gozar un puyero!”. La tragedia de una nación, reducida al *hashtag* perfecto y al *story* de celebración.

El primer sumo sacerdote en ofrecer su plegaria algoritmica fue el bardo de los corazones rotos, Ricardo Montaner, quien, en un arrebato de sincronía celestial, imploró al algoritmo divino que se llevara “a los malos”. Una taxonomía moral tan profunda como la letra de una canción de amor, aplicada con la precisión de un misil teledirigido. Le siguió la profetisa Gaby Spanic, quien recordó a sus fieles que el augurio había sido tweetado en agosto de 2024, demostrando que el destino de las patrias, hoy por hoy, se escribe en el calendario de las predicciones virales.

José Luis Rodríguez.
Una musa contempla el derrumbe de un régimen entre sorbos de café
Marie Claire Harp.

LA LITURGIA DEL LIKE SOVEREIGN

Marjorie de Sousa, Alicia Machado y demás vestales de la causa, resumieron siglos de pensamiento político en dos palabras: “Venezuela libre”. Profundidad analítica que, sin duda, haría palidecer a Maquiavelo. Marie Claire Harp, por su parte, reveló el verdadero núcleo de la lucha: “Años de lucha… esto es para gozar un puyero”. He aquí la filosofía última: la geopolítica como preludio de la fiesta. La caída de un proyecto histórico, evaluada por su potencial para generar una juerga memorable.

Una ex soberana de belleza emite veredicto con una sonrisa enigmática
Alicia Machado
Un trovando moderno ajusta su micrófono para la oda post-intervención
Carlos Baute.

LOS AGUAFIESTAS DE LA NARRATIVA OFICIAL

Pero en este gran teatro de la virtud, surgieron los disonantes, esos amargados que insisten en ver contradicciones donde hay solo pureza de intenciones. El escritor de terror Stephen King, experto en monstruos, tuvo la impertinencia de señalar que el mismo dedo acusador que apunta a Caracas acaricia la espalda del Zar. “No se trata de drogas, se trata de petróleo (que en cierto modo SÍ es droga)”, sentenció, destapando el fetiche supremo de la civilización: el crudo como narcótico colectivo. Su herejía: sugerir que el paladín global contra el narcoterrorismo podría, quizás, estar intoxicado por otros humos.

La vidente oficial de la operación, con la mirada puesta en el porvenir digital
Gaby Spanic.
Dos viejos gruñones del espectáculo se atreven a cuestionar el guión
Roger Waters y Stephen King se manifestaron contra EU.

“Estamos todos paralizados por la salvaje agresión activa, cometida por el imperio de EU, contra nuestras hermanas, nuestros hermanos y camaradas venezolanos.” -Roger Waters, músico y activista

EL SOLILOQUIO DEL VIEJO ROCANROLERO ANACRÓNICO

Y luego está Roger Waters, el dinosaurio pinkfloydiano que aún cree en conceptos arcaicos como “soberanía” y “imperio”. Con la sutileza de un muro de sonido, lanzó un video-grito titulado “Por el amor de Dios, Venezuela es una nación soberana, no se toca, gringos”. ¡Qué desfachatez! Mientras el mundo civilizado corea consignas y planifica la fiesta, él se empeña en hablar de “agresión salvaje” y “hermanos camaradas”. Su error es de época: confunde una operación de marketing de la justicia, limpia y quirúrgica como un *teaser* de Netflix, con un acto de guerra colonial. No entendió que hoy las invasiones no se hacen para robar recursos, sino para generar *engagement* y contenido de celebración para las estrellas del *show*.

Así, el gran drama queda servido. En el escenario principal, el héroe de la película propia captura al malo. En las gradas, el coro de celebridades canta victoria en tiempo real. Y en los laterales, unos cuantos aguafiestas literarios y musicales se quejan del guión, incapaces de entender que, en el siglo XXI, la política es el entretenimiento definitivo, y la libertad, un *trending topic* que, con suerte, durará más de 24 horas.

El gran espectáculo de la justicia...
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