El heroico sacrificio de un hombre que venció al enemigo interior: la masa

En un acto de valor y abnegación sin parangón en los anales de nuestra época, el ciudadano “Coque” Muñiz ha logrado una hazaña que deja en mantillas las gestas de los antiguos héroes: ha declarado la guerra a su propio tejido adiposo y ha emergido victorioso, más ligero en aproximadamente quince kilos de bagaje corporal.

La nación, atónita, contempla en las redes sociales el nuevo perfil de este paladín moderno. No fue un milagro, nos aseguran los portavoces del régimen, sino el fruto de una disciplina espartana y una vigilancia constante, como la que ejercen los estados totalitarios sobre sus ciudadanos, pero aplicada al conteo de calorías. El objetivo, proclaman a los cuatro vientos, fue la Santísima Salud y el Bienestar Personal, nuevo dogma incuestionable de nuestra religión secular.

Este triunfo físico, naturalmente, ha conllevado una metamorfosis espiritual. El sujeto en cuestión reporta ahora una “actitud distinta”, una comodidad consigo mismo y un torrente de energía renovada, listo para enfrentar proyectos con el ímpetu de un conquistador. La lección es clara y debe ser coreada: nunca es tarde para ajustar tu propia carne y apostar por el único proyecto de valor en este mundo: tú mismo.

Mientras los asuntos de la polis se desmoronan, las instituciones se pudren y el debate público se reduce a gritos, la gran noticia que nos une es la silueta renovada de un cantante. “Ya pusieron el arbolito de Navidad”, anunció el héroe, en un profundo mensaje filosófico que reconcilia su lucha personal con el ciclo eterno de las temporadas festivas. Así, entre luces y posadas, celebramos el verdadero progreso: un hombre que logró hacerse más pequeño.

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