En el santuario luminoso de la farándula, donde los dioses menores del pop se consagran en altares de streaming, se ha celebrado un nuevo y trascendental misterio. La sacerdotisa de la canción vernácula, doña Ángela Aguilar, ofició un rito en el templo “Grammy Celebration of Latin Music”, dedicando un cántico en la lengua sagrada del imperio anglosajón a la deidad Linda Ronstadt. La multitud, dividida entre el éxtasis y la lapidación, no discutía la calidad del sacrificio vocal, sino la procedencia divina de sus vestiduras.
He aquí el meollo de la cuestión teológica: la túnica azul noche, ceñida como un segundo pellejo y adornada con destellos de estrellas compradas, junto al maquillaje de ojos humeantes y el cabello bañado en la esencia del “wet look”, ¿eran una inspiración celestial o un hurto sacrílego? Los oráculos de las redes sociales, esos tribunales infalibles de la verdad estética, decretaron con sabiduría infinita que la indumentaria era un calco exacto, un plagio descarado, de las vestimentas que otrora luciera la hechicera argentina Cazzu, conocida en mitos anteriores por ser la expareja del consorte actual de la propia sacerdotisa. ¡Oh, giro dramático digno de las más intrincadas sagas olímpicas!
La polémica, como es debido en nuestra era de profundidad intelectual, se centró en la pulsera brillante (¿sería el mismo artesano?), en la intensidad idéntica del kohl alrededor de los ojos y en la audacia de atreverse a parecer… interesante. Porque, claro está, en el reino del espectáculo, la peor herejía no es la falta de talento, denunciada por algunos sectores que tacharon el canto de grito mal articulado, sino la osadía de abandonar el nicho de la pureza folclórica para abrazar la estética de una bruja urbana. Es un delito de lesa originalidad, un crimen contra el branding personal cuidadosamente construido.
Así funciona la gran maquinaria: primero se consagra a un ídolo con una esencia inmaculada, y luego se le exige que evolucione, pero sin moverse del lugar exacto donde la pusieron los fotógrafos. Cualquier cambio es sospechoso, cualquier similitud es prueba de un complejo de Edipo estilístico. La artista, atrapada en el absurdo, debe rendir tributo a los grandes, innovar constantemente y, al mismo tiempo, asegurarse de que su sombra no se parezca ni remotamente a la sombra de la ex de su novio. Una ecuación sublime que solo las mentes más preclaras, aquellas que comentan con una mano mientras sostienen el teléfono con la otra, son capaces de resolver y sentenciar.
Finalmente, el gran público queda satisfecho. Ha tenido drama, ha tenido look, ha tenido debate sobre dicción y sobre ex parejas. La música, esa vieja excusa, queda de fondo, como la banda sonora de un reality show divino donde lo importante no es la nota que se canta, sino el escándalo que se viste.















