Imaginen la escena. Ricky Martin, sentado en una silla blanca junto a un platanal de cartón piedra, intentando procesar lo que acaba de vivir. No es una terapia. Es el espectáculo de medio tiempo del Super Bowl.
“Me tienen que dar varias horas para dejarme entender el tsunami de emociones que estoy sintiendo”, confesó el artista en Instagram.
Lo notable no es solo la actuación. Es el decorado. Una silla, un falso platanal que homenajea la portada del disco ganador del Grammy de Bad Bunny. Un set minimalista que costó probablemente más que la economía de varios países pequeños.
Pero aquí está lo jugoso. Tras el triunfo histórico del álbum en español en los Grammy, Martin publicó una carta abierta. No cualquier carta. Un manifiesto.
“Me tocó muy profundo. No solo como artista, sino como puertorriqueño que ha caminado escenarios del mundo cargando su idioma, su acento y su historia”, escribió.
Elogia a Bad Bunny por usar el escenario más comercial del planeta para hablar de inmigrantes y políticas migratorias. En medio del circo, un mensaje serio.
“Señalaste un sistema que persigue y separa”, dijo Martin. “Tú elegiste no traicionarte”.
Mientras tanto, Lady Gaga apareció en medio de una boda real -sí, real- con una flor de maga puertorriqueña. Cantó salsa con Bruno Mars. Bailó con Bad Bunny.
Todo normal en el mundo del espectáculo donde lo absurdo se vuelve cotidiano y las declaraciones políticas se mezclan con platanales decorativos. Ricky Martin necesita horas para procesarlo. A nosotros nos tomará años.


















