En un sublime acto de devoción a los nuevos ritos del espectáculo, el virtuoso Gerson Leos, tecladista de la afamada Banda MS, ofrendó su último aliento no en un escenario, sino en el sagrado campo de juego del Club Deportivo “Sarabia”. Allí, donde la fraternidad artística se mide en carreras y no en notas, el músico se desplomó, víctima colateral de la necesidad patológica de las agrupaciones musicales de demostrar su vigor atlético en el “Torneo Deportivo de Bandas”. Una competencia donde, al parecer, la resistencia física ha suplantado a la armonía como valor supremo.
Los galenos del recinto, más acostumbrados a esguinces por pifias en tercera base que a paros cardíacos, intentaron en vano reanimar al artista, mientras el partido, sin duda, era suspendido por lluvia de mala conciencia. Con la eficacia burocrática que tanto nos enorgullece, las autoridades de la Fiscalía General del Estado fueron alertadas no para investigar una tragedia evitable, sino para practicar la necropsia de rigor, ese trámite final que convierte a un ser humano en un expediente.
La maquinaria publicitaria de la banda, fiel a los protocolos de la era digital, emitió su comunicado oficial a través de sus altares en Facebook e Instagram. Agradecieron la “aportación” del difunto, como si se tratara de un empleado que cumplió su cuota, y extendieron sus condolencias en un mensaje cuidadosamente redactado, donde prometen que Gerson “siempre se quedará” con ellos, en la música, en el recuerdo y, sobre todo, en el engagement de las publicaciones póstumas. La familia Lizos, propietaria de la marca “Banda MS”, rubricó el mensaje. Un epílogo perfecto para una industria que sabe convertir incluso la muerte en un contenido conmovedor y, potencialmente, viral.
Así, en el circo moderno donde los músicos son gladiadores y los conciertos son marcas patrocinadoras, un artista murió compitiendo en un juego que no era el suyo. Una alegoría perfecta de un sistema que exige a sus creadores no solo talento, sino la resistencia de un atleta olímpico y la disponibilidad de un influencer, hasta que el organismo, en un acto de rebelión final, simplemente dice: “basta”. Descanse en paz, lejos de los focos, los torneos y las historias de Instagram.
















