En un despliegue de sincronización pública que haría palidecer a cualquier coreógrafo de Eurovisión, los sumos sacerdotes de la banalidad mediática, Anna Kournikova y Enrique Iglesias, han develado ante las masas expectantes su más reciente ofrenda a los dioses del click: un cuarto vástago. La sagrada reliquia, presentada en una fecha tan aleatoria como poética (17 de diciembre), viene a engrosar la saga familiar que, con la solemnidad de un tratado de Estado, se ha desarrollado ante los objetivos durante casi dos décadas. Una epopeya, sin duda, tallada en los mármoles de Instagram y pulida con el barniz de las revistas del corazón.
Todo comenzó, nos cuentan los evangelios del espectáculo, en el año de gracia de 2001. El bardo español, inmerso en la profunda tarea de promocionar su quinto disco de letras atormentadas y ritmos bailables, se disponía a rodar el videoclip para “Escapar”. Según la hagiografía oficial, la canción la escribió pensando en un amor perdido. ¡Qué conmovedora casualidad! Porque en el set, como por arte de magia divina, se topó con el “amor encontrado”: Anna Kournikova, quien para entonces ya había librado la épica batalla de participar en… doce torneos de tenis. El destino, caprichoso, tejía su red.
El primer encuentro fue descrito por el propio trovador con la sutileza lingüística de un romance de barrio: la calificó de “horriblemente hermosa”. Una contradicción tan deliciosamente absurda que sólo puede nacer en la mente de un poeta o de un departamento de relaciones públicas trabajando horas extras. “Ana es horrible, horriblemente hermosa”, declaró, probablemente creyendo haber descubierto el oxímoron definitivo, mientras las cámaras capturaban cada milímetro de esa “espontaneidad”.
La “química”, nos aseguran, era “evidente”. Tan evidente como el guion que ambos seguían. En una escena del video donde simulaban un íntimo encuentro automovilístico, el bardo coqueteaba y la exdeportista, con una sonrisa de quien ha leído el storyboard, le espetaba que ya sabía por qué la habían invitado. ¡Toma revelación! No era por su demoledor revés, sino por su potencial como protagonista de un romance de portada que duraría lo que un contrato discográfico… multiplicado por veinte.
Así, del vientre fértil de un videoclip nació un idilio para los siglos. O al menos para las redes sociales. La relación se hizo “oficial” en 2002, justo cuando la prensa empezaba a preguntarse. Poco después, Kournikova, con la prematura edad de 22 años y “severos problemas físicos”, colgó la raqueta. Qué oportuno retiro, que le permitió dedicarse de lleno a su nueva y más demandante profesión: ser la mitad visible de una marca amorosa de lujo, una empresa familiar dedicada a la producción estratégica de momentos fotogénicos y anuncios de descendencia. Una fábrica de sueños, perfectamente empaquetados y listos para el consumo de un público ávido de cuentos de hadas modernos, donde el “y vivieron felices” se mide por el número de ‘me gusta’ en cada anuncio familiar.















