La epopeya sísmica de una diva en pants y el pan de la resiliencia

En un despliegue de valor que sin duda será recordado en los anales de la épica contemporánea, una emisaria de la república del espectáculo, afincada en los dorados dominios del Norte, enfrentó ayer la furia primigenia de la tierra. El cataclismo, de una magnitud apenas suficiente para derribar mitos y estanterías, la sorprendió en su más vulnerable estado: dormitando plácidamente en la planta baja de un lujoso refugio capitalino, precaución sabia que todo miembro de la jet set adopta al visitar estas latitudes telúricas.

La heroína, despertada por el estridente llanto de las alarmas sísmicas –esa molestia tecnológica que el vulgo agradece–, libró su primera batalla: la contra el desnudo. Con una fortuna que solo los dioses del *wardrobe* conceden, localizó unos pants y un saco, armadura con la que se enfrentó a los elementos. Su sacrificio supremo: aventurarse en la calle con los pies descalzos y el cabello en un estado de sublime desorden, una imagen de auténtico *savoir-faire* apocalíptico.

“¡Qué pinche susto!”, declaró a la posteridad, condensando en una frase el pathos de una generación. Tras la odisea, como manda la tradición de los grandes supervivientes, partió el pan de la resiliencia. Mientras, en la ciudad, millones de plebeyos, habituados a este ballet geológico desde la cuna, reponían muebles y silenciosamente continuaban con sus vidas, ignorantes de que habían sido testigos de un momento histórico: el instante en que una celebridad, ataviada en pants, redefinió el concepto de supervivencia urbana y nos recordó que, a veces, los verdaderos temblores son los que sacuden nuestro sentido de la proporción.

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