Con la solemnidad de un decreto presidencial, los sumos sacerdotes del entretenimiento han otorgado su sagrada bendición para una misión épica: actualizar, o más bien exhumarla, a la serie “Prision Break”. Una proeza tan audaz como decidir reinventar la rueda, pero con un logo más moderno.
La gesta de esta nueva odisea carcelaria, un embrión que ha estado gestándose en los laboratorios creativos durante dos largos años, ha sido encomendada a un ilustre arquitecto de narrativas. Él, armado con su pluma y su cámara, ha trazado ya los planos definitivos para la gran evasión… de cualquier atisbo de riesgo.
En un alarde de imaginación desbordante, esta novísima “Prison Break” se desarrollará en el mismo universo que su antecesora. Sin embargo, en un giro revolucionario que dejará boquiabiertos a los estudiosos del género, presentará un elenco de reclusos y fugitivos completamente novedoso. Porque, ¿qué mejor manera de honrar un concepto que drenando toda la sangre que lo hizo único y transfundiéndole personajes genéricos? La verdadera prisión de la que no podemos escapar resulta ser el ciclo infinito del refrito televisivo, donde las ideas originales cumplen cadena perpetua.











