La neumonía como lujo en la fábrica de sueños

En el glorioso y siempre benévolo ecosistema del espectáculo, donde el sudor se convierte en diamante y el agotamiento en ovación, hemos sido testigos de un conmovedor acto de rebeldía. La ilustre trabajadora de los sueños ajenos, doña Alejandra Barros, ha cometido la insólita osadía de… enfermarse. Sí, en medio de la sagrada cadena de producción de lágrimas y enredos amorosos para la telenovela “Mi rival”, su organismo, ese ingrato vehículo carnal, tuvo la desfachatez de contraer neumonía, interrumpiendo así el fluir inmaculado del entretenimiento masivo.

La imagen de la dama conectada a un tanque de oxígeno, no como un paciente sino como un ícono de Instagram, nos ofrece una poderosa alegoría de nuestros tiempos. He aquí la sacerdotisa del drama, capturada en su momento más auténtico: luchando por el aire que el mismo sistema que la glorifica le ha robado. Es la paradoja perfecta: debe simular vitalidad para la cámara mientras su cuerpo real colapsa lejos de ella. Los médicos, esos chamanes modernos, dictaminaron el diagnóstico banal: neumonía. Pero cualquier analista social con dos dedos de frente verá el diagnóstico real: Síndrome de Colisión Contra el Muro, una enfermedad profesional de la clase que vende su bienestar físico a cambio de los aplausos efímeros.

Y entonces, llega la epifanía, el anuncio solemne que reverbera con la fuerza de un decreto presidencial: “No quiero abusar de mi cuerpo nunca más”. ¡Qué herejía! ¡Qué sublime subversión! Declarar que la salud y el amor son una prioridad suena, en los corredores del poder mediático, a discurso sedicioso. Implica reconocer que el motor de la industria es la lenta combustión de vidas humanas, que el brillo de la pantalla se alimenta del desgaste oculto. Su promesa de “bajar el ritmo” es el equivalente a un general declarando que, tal vez, la paz es preferible a la guerra; una noción tan radical que bordea lo utópico.

Celebremos, pues, este instante de lucidez en la fábrica de ilusiones. Porque en un mundo donde la productividad es la virtud cardinal, priorizar la propia supervivencia se convierte en el acto político más revolucionario y, por supuesto, en el chiste más tragicómico de todos. La máquina, sin duda, seguirá girando, buscando nuevos cuerpos jóvenes y resistentes para sacrificar en el altar del rating. Mientras, doña Alejandra, conectada a su cilindro de oxígeno, respira por primera vez en años una verdad incómoda: que en el reino del exceso, el acto más radical es simplemente parar.

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