En un alarde de sofisticación cultural que dejaría pálidos a los estrategas de marketing más avezados, el año 2026 nos depara una revelación: la vanguardia del empoderamiento y la revolución social ya no se gesta en las aulas ni en las plazas públicas, sino en los acolchados sofás de lujosos departamentos, donde la mercancía de exposición es el propio cuerpo y la moneda de cambio, el morbo colectivo.
La luminaria en cuestión, una joven prodigio que ha traspuesto la abrumadora frontera existencial entre Washington y Guadalajara, ha visto su ascenso meteórico bendecido por los dioses algoritmos. Su hazaña: transformar una cuenta de OnlyFans en un título nobiliario digital, escalando de la oscuridad plebeya de los dos millones de siervos a la aristocracia de los cinco millones de acólitos en un abrir y cerrar de calendario. Una proeza que, sin duda, ocupará volúmenes en los futuros anales de la antropología humana.
El momento culmen de esta epopeya llegó, como no podía ser de otra manera, mediante una sagrada alianza estratégica. No un tratado de paz, sino una “colaboración” con una sumo sacerdotisa del gremio. El ritual fue simple y efectivo: una fotografía conjunta, atuendos que susurraban más de lo que mostraban, y una declaración de propiedad (“Mi novia”) salpicada de emoticones cardíacos. La chispa prendió la pradera digital, y las hordas de seguidores, sumidas en un éxtasis de plausibilidad, llegaron a debatir con fervor teológico si aquella escena era un milagro auténtico o una herejía generada por Inteligencia Artificial. La confirmación de su veracidad fue recibida con el mismo alivio que un dogma de fe.
Así se construye el nuevo panteón de íconos contemporáneos. Mientras antiguas instituciones se desmoronan por su irrelevancia, una nueva cúpula de poder se erige, donde la frase “me hizo sentir cosas de mujer” pronunciada por una celebridad, tiene más poder catapultador que una década de estudio, talento o mérito alguno. El sueño de la razón produce monstruos, pero el sueño del algoritmo produce influencers, y ambos espectáculos son igualmente fascinantes y aterradores.

















