América Latina se fractura tras la operación militar de EEUU en Venezuela

La noticia de la captura del presidente venezolano Nicolás Maduro tras una operación militar estadounidense ha actuado como un electroshudo en la política hemisférica, dejando al descubierto no una, sino múltiples Américas Latinas. Lo que en la superficie parece una reacción binaria —condena o celebración— es, en realidad, la manifestación de un cisma geopolítico profundo, de heridas históricas sin cicatrizar y de un futuro regional que se escribe bajo la sombra de una potencia dispuesta a redefinir las reglas del juego. Nuestra investigación, recabando declaraciones oficiales, testimonios en las calles y el análisis de documentos clave, revela una trama de divisiones estratégicas que cuestionan el proyecto de unidad continental.

El Disparador: Una Línea Roja Cruzada

En las primeras horas del sábado, el paradigma de la no intervención, un pilar sacrosanto del derecho internacional para muchas capitales sudamericanas, se hizo añicos. La acción unilateral de Washington no solo buscaba a un hombre; era un mensaje dirigido al mundo. Pero, ¿qué leía cada gobierno en ese mensaje? Para los aliados de la administración Trump, como Argentina, Ecuador y Paraguay, se trataba de una corrección histórica contra un régimen ilegítimo. Para otros, como Colombia, Brasil y México, era el ominoso regreso de una doctina del “patio trasero” que se creía superada. La pregunta que flota en el ambiente es incómoda: si hoy es Caracas, ¿cuál será la capital de mañana?

El Mapa de la Fractura: Más Allá de Izquierdas y Derechas

Al escudriñar las reacciones, descubrimos que la tradicional división ideológica se quiebra ante la realpolitik. Brasil, bajo el liderazgo de Luiz Inácio Lula da Silva, condenó con dureza estableciendo un paralelismo histórico con los peores momentos de injerencia. “Un precedente extremadamente peligroso”, afirmó, alertando sobre un mundo donde prevalece “la ley del más fuerte”. México, en una posición de extrema delicadeza, condenó la violación a la Carta de la ONU mientras su presidenta, Claudia Sheinbaum, intentaba contener las implicaciones de un comentario de Trump que señalaba a los cárteles como los verdaderos gobernantes del país.

Sin embargo, el testimonio más revelador provino de Panamá. El presidente José Raul Mulino, en una confesión cargada de fantasmas, admitió “sentimientos encontrados”. “Nosotros sufrimos una invasión norteamericana y sabemos de lo que se trata”, declaró, refiriéndose a la operación ‘Causa Justa’ de 1989. Su declaración sintetiza la esquizofrenia regional: el rechazo visceral a la intervención extranjera coexiste con la esperanza de que, en este caso específico, pueda abrir una puerta a la democracia. Panamá, custodiando las actas electorales venezolanas de 2024, se erige en un testigo incómodo cuya documentación podría ser clave en la narrativa legal posterior.

Las Calles: El Termómetro de la Diáspora y el Control

Mientras los cancilleres emitían comunicados, la verdadera polarización latía en las plazas y barrios. Millones de venezolanos esparcidos por el continente, desde Buenos Aires hasta Miami, protagonizaron espontáneas manifestaciones de júbilo, interpretando el evento como el fin de un largo éxodo forzado. Contraste brutal: en La Habana, el régimen cubano, cuyo sustento económico ha dependido por años de Caracas, convocó concentraciones de apoyo a Maduro, calificando la operación como “terrorismo de Estado”. En Ciudad de México, pequeños grupos enfrentados reflejaban en miniatura la división continental. Estas imágenes plantean la próxima gran incógnita: ¿cómo gestionará la región una posible repatriación masiva?

La Sombra del Futuro: Chile y el Precedente Peligroso

Ningún caso ilustra mejor la incertidumbre que viene que Chile. El presidente saliente, Gabriel Boric, advirtió con vehemencia: “Hoy es Venezuela, mañana podría ser cualquier otro”. Su advertencia defendía la soberanía como escudo contra “la arbitrariedad”. Horas después, el presidente electo José Antonio Kast, celebraba la “gran noticia” y culpaba al “narco-régimen” de Maduro de la desestabilización regional. Un mismo país, dos narrativas diametralmente opuestas sobre un mismo hecho. Esta transición de poder en Santiago no es solo un cambio de gobierno; es la personificación de la batalla por el alma política de América Latina que esta operación ha acelerado.

Conclusión: Un Nuevo Tablero Geopolítico

La captura de Maduro no es el final de la historia, sino el violento prólogo de un capítulo incierto. La investigación revela que la operación estadounidense ha logrado, involuntariamente, realizar una radiografía perfecta de la fragmentación latinoamericana. Ha resucitado el trauma de las intervenciones pasadas, ha tensionado al máximo las alianzas y ha dejado en evidencia que el principio de no intervención es, hoy, un concepto negociable según los intereses de cada capital. La región no está dividida solo entre quienes apoyan o rechazan a Maduro, sino entre quienes ven en la acción de EEUU un mal necesario para restaurar un orden democrático, y quienes perciben el nacimiento de un nuevo y peligroso desorden imperial. El camino que siga esta fractura definirá la autonomía del continente en las próximas décadas.

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