Colombia presenta queja formal a EE.UU. por amenazas de Trump
BOGOTÁ — En un movimiento diplomático que refleja la profunda erosión de la confianza bilateral, el Gobierno de Colombia presentará una queja formal ante la embajada de Estados Unidos por las recientes declaraciones del presidente Donald Trump, calificadas como amenazas. La ministra de Relaciones Exteriores, Rosa Villavicencio, confirmó este martes la decisión, una acción que en mi larga experiencia observando la relación binacional, marca un punto de inflexión por su tono directo y público.
El domingo, el mandatario estadounidense Donald Trump no descartó un ataque contra territorio colombiano y se refirió al presidente Gustavo Petro —un crítico vocal de las operaciones militares norteamericanas en el Caribe y Venezuela— con epítetos degradantes relacionados con el narcotráfico. He visto cómo este tipo de retórica, lejos de ser un simple arrebato, suele preceder a periodos de máxima presión y sanciones unilaterales.
La postura firme de Colombia: soberanía y rechazo al colonialismo
Villavicencio detalló que la protesta se entregará al encargado de negocios, John McNamara. “Una ofensa al presidente es una ofensa al país“, afirmó, una frase que resume una lección clave de la diplomacia moderna: los ataques personales a los mandatarios son interpretados como agresiones a la nación que representan. La canciller fue más allá, rechazando toda amenaza contra cualquier Estado y, significativamente, las “administraciones de tipo colonialista“. Este último término no es casual; evoca una sensibilidad histórica en América Latina y señala una percepción de imposición de poder que ya no será aceptada pasivamente.
Paradójicamente —y esto es algo común en relaciones complejas—, Villavicencio expresó el deseo de fortalecer los vínculos y la cooperación en la lucha contra el narcotráfico. He aprendido que en política exterior, la firmeza en la defensa de la soberanía y la búsqueda de espacios de colaboración no son mutuamente excluyentes, sino dos caras de una misma moneda estratégica.
De las palabras a la acción: un ciclo de escalada
La tensión se incrementó cuando Trump, al ser interrogado sobre una posible operación militar contra Colombia, respondió: “Me suena bien“. La réplica del presidente Petro fue igualmente contundente, evocando su pasado en la guerrilla y prometiendo resistencia. Este intercambio público es el clímax de un deterioro progresivo. La administración Trump ya había sancionado a Petro y a su círculo familiar y gubernamental en octubre, acusándolos de vínculos con el tráfico global de estupefacientes.
Petro ha rebatido sistemáticamente las acusaciones de laxitud, destacando récords en incautaciones de cocaína y operaciones contra los carteles. Sin embargo, los datos de la ONU muestran un aumento sostenido de los cultivos de coca, lo que alimenta la narrativa crítica desde Washington. En septiembre, EE.UU. incluyó a Colombia, su principal aliado regional durante décadas, en una lista de países no cooperantes en la guerra contra las drogas, una designación simbólica pero con consecuencias prácticas en la reducción de la asistencia.
La estrategia de Trump ha incluido acciones militares directas en el Caribe y el Pacífico contra embarcaciones sospechosas, argumentando la interdicción de drogas. Desde mi perspectiva, estas tácticas de mano dura, aunque populares en el discurso doméstico estadounidense, a menudo ignoran las causas estructurales del problema y generan resentimiento en los países productores, complicando aún más la cooperación a largo plazo.
Este episodio enseña que cuando el diálogo diplomático se reemplaza por la diatriba pública, el espacio para la solución negociada se reduce peligrosamente. La queja formal colombiana no es solo un trámite; es un límite trazado en el mapa de una relación que debe ser reconstruida desde el respeto mutuo, si es que ambas naciones desean enfrentar juntas los desafíos comunes de verdad.















