El circo de la justicia universal llega a Manhattan con un protagonista inesperado

En un giro que solo la más febril de las comedias negras geopolíticas podría concebir, el otrora incuestionable conductor de la patria bolivariana, Nicolás Maduro, intercambió el salón presidencial de Miraflores por la fría y poco glamurosa estética de un tribunal en Manhattan. Allí, ante la mirada atónita de la justicia imperial, se declaró, con la solemnidad de un mártir, no culpable de los delitos de narcoterrorismo que el régimen de Donald Trump esgrime como justificación para su peculiar método de diplomacia: la captura extraterritorial con estilo de blockbuster hollywoodense.

Vestido con el último grito de la moda carcelaria norteamericana, un uniforme azul que hacía juego con su nuevo estatus de celebridad judicial, el depuesto líder y su consorte fueron transportados en un ballet logístico digno de un desfile militar. Un helicóptero, un vehículo blindado y una caravana policial coreografiaron el traslado del trofeo geopolítico desde Brooklyn hasta el sagrado recinto donde, irónicamente a la vuelta de la esquina, el propio Trump había sido sentenciado. La justicia, al parecer, es un carrusel que devora a sus propios protagonistas.

Mientras, en las afueras del templo legal, un puñado de ciudadanos libres representaba el papel de coro griego contemporáneo, divididos entre el repudio y el apoyo a esta nueva y audaz interpretación del derecho internacional. Un hombre, en un acto de patriotismo performático, arrebataba una bandera venezolana, demostrando que incluso en el teatro del absurdo, los símbolos son el botín más codiciado.

La soberanía, un concepto elástico en la era del poderío unilateral

Sus abogados, siguiendo el guion previsible, anunciaron que impugnarían la detención apelando a la inmunidad soberana, ese arcaico principio que parece evaporarse cuando un país decide que las riquezas petroleras del vecino son un asunto de seguridad nacional. El espectro de Manuel Noriega fue invocado, como un recordatorio de que el manual de intervención estadounidense tiene capítulos recurrentes, solo que con diferentes antagonistas y actualizaciones tecnológicas para el transporte.

Mientras tanto, la nueva presidenta interina, Delcy Rodríguez, exigía la devolución del prófugo con la vehemencia de quien descubre que las reglas del juego han cambiado a mitad del partido. Su tono, no obstante, oscilaba entre la demanda firme y un súbito impulso conciliador en redes sociales, invitando a la colaboración estratégica con el mismo gobierno que secuestró a su predecesor. La realpolitik, al fin y al cabo, tiene una extraña afinidad con la esquizofrenia diplomática.

El petróleo como telón de fondo de una farsa judicial

Trump, desde su trono volante a bordo del Air Force One, ampliaba el horizonte de sus ambiciones continentales, insultando al presidente de Colombia, Gustavo Petro, con la elegancia retórica de un matón de patio escolar, y advirtiendo a Rodríguez sobre consecuencias funestas. El objetivo declarado: hacer fluir el oro negro venezolano. Sin embargo, los mercados, esos entes desprovistos de patriotismo, respondieron con una leve alza, como si dudaran de que el caos sea un buen fertilizante para la producción.

La acusación, un documento de veinticinco páginas que lee como el guion de una serie de narcopolítica, pinta un cuadro donde los límites entre el Estado y el cártel se difuminan en una neblina de cocaína y corrupción. Se detallan secuestros, palizas y asesinatos, con la esposa presidencial, Cilia Flores, recibiendo sobornos como si fueran flores. La conexión con la temible pandilla Tren de Aragua es presentada como un hecho, a pesar de que un informe de inteligencia anterior no halló tal coordinación. ¿Qué es un pequeño detalle contradictorio frente a la narrativa grandiosa de una cruzada antidrogas?

En este monumental espectáculo, Maduro se transforma de autócrata a acusado, de enemigo público número uno a peón en un tablero de ajedrez donde las piezas son naciones enteras. Su juicio, si llega a ocurrir, no será solo sobre toneladas de cocaína, sino sobre el derecho del más fuerte a escribir las reglas, a capturar presidentes y a administrar países ajenos, todo ello envuelto en el papel celofán de la legalidad. Una farsa sublime donde la única verdad incómoda es que el absurdo ha dejado de ser literario para convertirse en la política exterior de facto.

Maduro se declara no culpable de cargos de narcotráfico en su 1ra comparecencia en tribunal de EEUU

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