En un giro narrativo que hubiera dejado pálido de envidia al mismísimo Jonathan Swift, el gran teatro del mundo ha decidido estrenar una temporada de alto voltaje moral. El protagonista, un autoproclamado paladín del pueblo soberano, ha sido finalmente escenificado no en las urnas, sino en una celda de Brooklyn, escoltado por los sacerdotes seculares de la DEA. La acusación, una obra maestra de la burocracia judicial, pinta un cuadro donde las fronteras entre el palacio presidencial y el laboratorio de cocaína se difuminan con la elegancia de un trazo impresionista.
El Departamento de Justicia de los Estados Unidos, en un arrebato de celo desclasificador, ha presentado su última y más audaz producción: un “régimen corrupto e ilegítimo” que, según el libreto, funcionaba no con petróleo, sino con polvo blanco como combustible principal. El elenco estelar lo encabeza el presidente venezolano capturado, Nicolás Maduro, y su consorte, Cilia Flores, atrapados en una operación militar tan sorpresiva que sólo faltaron los fuegos artificiales y la banda sonora de John Williams.
La trama es tan intrincada como predecible. Maduro, según la épica judicial, no gobernaba una nación, sino un consorcio logístico de narcotráfico de altísima gama, asociándose con los villanos de cartelera global para inundar el sagrado territorio norteamericano con toneladas de miseria en polvo. La ironía, dulce y amarga, reside en que el mismo sistema que durante décadas ha consumido con avidez el producto, ahora se erige en juez y verdugo del proveedor, en un ejercicio de higiene geopolítica que raya en lo catártico.
El catálogo de pecados capitales del siglo XXI
Los cargos son un poema moderno: conspiración de narcoterrorismo, una palabra compuesta tan pesada como las ametralladoras que también se le imputan. Es la misma letanía de una acusación anterior, de la era Trump, pero ahora con personajes adicionales, como en una segunda temporada con más presupuesto. La justicia, al parecer, también tiene sus *reboots*.
El video de Maduro sonriendo entre agentes federales es la imagen definitiva de nuestra era: el momento en que la sátira se rinde ante la realidad. Se prevé su alojamiento en una cárcel federal, donde, sin duda, reflexionará sobre cómo los hangares presidenciales son lugares ideales para almacenar aviones, helicópteros y, según la fiscalía, cargamentos de sueños rotos empaquetados en fardos.
La coreografía de la captura y la economía moral del soborno
La denuncia alega una simbiosis perfecta, una alianza pública-privada entre el estado y el crimen, donde los cárteles y las pandillas más temibles eran, en realidad, socios comerciales con oficina en el palacio de Miraflores. La evaluación de inteligencia que no encontró coordinación con el Tren de Aragua es un detalle menor, una nota a pie de página en el gran relato épico de la lucha contra el mal.
La corrupción, nos dicen, florecía como un jardín bien regado con billetes de cien dólares. La señora Flores, según el guión, no era la primera dama, sino la directora de relaciones institucionales, aceptando sobornos para concertar citas entre narcos y antidrogas, en una alegoría perfecta sobre la circularidad del poder. Los sobrinos, por su parte, usaban el hangar presidencial no para jets diplomáticos, sino para cargamentos de cocaína, declarándole la “guerra” a Estados Unidos desde la pista de aterrizaje. Fueron condenados, liberados, canjeados… la geopolítica como un tablero de ajedrez donde las piezas son seres humanos y las fichas, sacos de droga.
La operación militar fue presentada, con una solemnidad que bordea lo litúrgico, como una mera “función de aplicación de la ley”. El Departamento de Guerra —perdón, Defensa— apoyando al Departamento de Justicia. Un fugitivo con una recompensa de cincuenta millones, cazado no por cazarrecompensas, sino por la maquinaria más formidable jamás concebida. La pregunta de si el Congreso fue notificado se pierde en el viento, ahogada por el rugido de los helicópteros y el crujido de las esposas.
Así, el espectáculo continúa. Un presidente es reducido a reo, una nación a escenario, y una compleja historia de injerencia, colapso económico y miseria humana es empaquetada en una acusación por narcotráfico. La moral, al final, siempre llega en avión, escoltada por cazas F-16 y con una orden de extradición en la mano. El mundo observa, come palomitas y aplaude el nuevo número del circo, donde los leones han sido reemplazados por fiscales, y los payasos, por políticos destronados.















