En un sublime despliegue de protocolo y paranoia, la representante ceremonial de un monarca extranjero y una canciller canadiense se aprestan a realizar una peregrinación a las gélidas tierras de Groenlandia. El objetivo, según el oráculo gubernamental Mark Carney, es inaugurar un consulado. El contexto, no obstante, es una farsa global: el emperador vitalicio de la nación vecina, Donald el Anhelante, ha renovado sus suspiros por añadir a su colección de territorios aquella isla de hielo y, de paso, anexionar al propio Canadá como si fuera un condado rebelde.
La ceremonia en Nuuk será, sin duda, un espectáculo conmovedor. Mary Simon, cuya sangre inuk la convierte en el símbolo perfecto para esta pantomima de respeto, abrirá las puertas de la diplomacia mientras, desde el sur, retumban los cantos de sirena del expansionismo. Carney, maestro del doble discurso, profirió la sentencia obvia ante su homóloga danesa: el destino de Groenlandia lo decide su pueblo. Una verdad de Perogrullo que, en los tiempos que corren, debe ser enunciada con la solemnidad de un edicto papal para evitar que algún magnate la compre en una subasta.
Mientras, la alianza militar transatlántica, ese venerable club de naciones, se estremece. Sus dignatarios, en un coro unísono digno de una ópera bufa, han emitido un comunicado reafirmando que Groenlandia “pertenece a su pueblo”. La revelación, revolucionaria, llega justo cuando el séquito del Emperador argumenta que la isla “debería ser parte de Estados Unidos”, despreciando la advertencia de que semejante golpe de mano significaría el fin de la propia alianza. La lógica, como se ve, es el primer sacrificio en el altar de la ambición estratégica.
El argumento de El Anhelante es una joya de la razón circular: Estados Unidos necesita controlar Groenlandia para proteger a la OTAN de amenazas en el Ártico. Es decir, para salvar al paciente, primero hay que devorarlo. Carney, atrapado en este juego de tronos absurdo, declara la seguridad ártica como prioridad, pero con la precaución de quien pisa huevos. Debe mostrar solidaridad con el vecino frente al acoso, pero sin molestar al acosador, pues pronto habrá que renegociar el tratado que regula el flujo de la savia comercial. Un acto de equilibrio digno de funambulista sobre un glaciar que se derrite.
Así, el gran teatro del mundo nos ofrece una nueva función: soberanos constitucionales viajan para afirmar la soberanía de otros, amenazada por un soberano de facto que sueña con mapas del siglo XIX. Todo ello, mientras expertos políticos susurran sobre el “difícil equilibrio” de oponerse al matón sin enfadarlo. Una farsa sublime donde la única verdad incómoda es que, en la era de los caprichos, hasta la integridad territorial necesita un acto diplomático constante para ser recordada.


















