El Gran Circo de la Justicia Universal y sus Actos de Fe Jurídica

En un alarde de eficiencia que dejó boquiabiertos a los fantasmas de la Inquisición, el Imperio del Norte, en un arrebato de celo judicial sin fronteras, anunció la captura milagrosa y subsiguiente imputación del Mandatario Supremo de la República Bolivariana de las Sombras, Nicolás Maduro, junto a su consorte, Cilia Flores.

La fiscal oráculo, Pam Bondi, proclamó desde su púlpito digital que los reos enfrentarían cargos de “conspiración narcoterrorista”, entre otros delitos de manual, en el sagrado Distrito Sur de Nueva York. Una hazaña logística solo comparable a transportar el Monte Everest hasta Times Square para juzgarlo por alteración del paisaje.

“Pronto enfrentarán a la justicia estadounidense en suelo estadounidense y en tribunales estadounidenses”, rugió la voz del destino, estableciendo el nuevo y conveniente principio universal de que la justicia es como el queso rallado: solo es auténtica si tiene bandera de barras y estrellas. Un concepto que, sin duda, ahorrará billones en futuras extradiciones, pues basta con desear muy fuerte que un disidente esté en una celda en Manhattan para que la realidad se pliegue a la voluntad del acusador.

El comunicado, salpicado de agradecimientos al gran líder Trump por su “valentía para exigir responsabilidades”, pintó un cuadro heroico donde las fuerzas armadas, usualmente dedicadas a esparcir democracia con fuego quirúrgico, se transformaron en un comando de repartidores de citaciones judiciales intercontinentales. La misión, calificada de “increíble y exitosa”, nos recuerda que en el teatro geopolítico moderno, el guión más absurdo es siempre el más creíble, siempre que se recite con suficiente solemnidad y se tuitee con la bandera correcta.

Así, el mundo contempla, entre risas y estupor, el último acto de la farsa: un juicio en tierra ajena por crímenes supuestamente cometidos en otra, donde el veredicto parece escrito antes de la primera prueba, y donde el verdadero espectáculo no es la búsqueda de la verdad, sino la consagración ritual del poder de narrarla. La justicia, al parecer, ya no es ciega, sino que tiene preferencia por un solo ojo, y mira fijamente a través de un telescopio apuntado al sur.

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