CIUDAD DEL VATICANO
Su Santísima Majestad Terrenal, el Papa León XIV, clausuró solemnemente el martes el gran espectáculo piadoso conocido como el Año Santo 2025. Con un gesto teatral, puso fin a doce meses de fervor comercial y peregrinación masiva, no sin antes lanzar unos cuantos dardos retóricos contra el materialismo y la xenofobia, esos pecados capitales modernos que, por supuesto, nada tienen que ver con la opulenta maquinaria que acababa de dirigir.
El ritual del cierre: De la piedra al poder
Ante el respetuoso silencio de príncipes de la Iglesia y embajadores mundanos, el Sumo Pontífice se arrodilló con devoción sobre el frío mármol del umbral de la Puerta Santa. Acto seguido, se levantó y, con la decisión de un gerente que finaliza un proyecto exitoso, la cerró de un golpe. Así se selló el más peculiar de los Jubileos: inaugurado por un Francisco moribundo, continuado como fondo musical para su funeral y el subsiguiente cónclave, y finalmente clausurado por su sucesor estadounidense. Una transición divina tan fluida que hasta los ángeles de la logística tomaron nota.
Como si el año de procesiones, audiencias y selfies sagrados hubiera sido un mero preámbulo, el nuevo líder espiritual convocó de inmediato a todo el Colegio Cardenalicio para una maratón de reuniones. En la agenda: el “gobierno” de una institución de mil cuatrocientos millones de almas y, crucialmente, el eterno debate sobre la liturgia en latín. Por fin, las verdaderas batallas celestiales podrían comenzar.
La homilía: Sermón contra el mundo desde el epicentro del oro
Desde su púlpito, León XIV deploró con elocuencia la “economía distorsionada” que todo lo convierte en mercancía. Una observación profundamente conmovedora, pronunciada en el corazón de un Estado que gestiona un patrimonio incalculable y que acaba de ser inundado por 33 millones de consumidores de gracia, perdón y souvenirs benditos.
“¿Seremos más capaces de reconocer a un peregrino en el visitante, a un vecino en el forastero?”, preguntó retóricamente el Papa, mientras fuera, en la Plaza de San Pedro, una multitud empapada pagaba precios de peregrino por cafés y paraguas con el escudo papal. Más tarde, desde la logia, habló de “redistribución de la tierra” y de sustituir la “industria de la guerra por el arte de la paz”. Palabras sublimes que resonaron sobre los mármoles de una plaza construida con el botino de emperadores y el sudor de siervos.
Las cuentas de la salvación: Presupuestos y peregrinos fantasma
Para la Santa Sede, el Jubileo es una tradición milenaria de fe. Para la ciudad de Roma, es una inyección de 4.000 millones de euros de fondos públicos para, finalmente, arreglar aceras y cloacas, una necesidad profana que solo la visita de millones de creyentes puede hacer urgente a los ojos de los administradores.
El Vaticano anunció con pompa la cifra de 33.475.369 peregrinos. El organizador, con una honestidad que rozaba el sacrilegio, admitió que era un “estimado aproximado” y que podía incluir duplicados. Ni él ni los funcionarios italianos se molestaron en distinguir al penitente buscando el perdón del turista buscando el mejor *gelato*. Al fin y al cabo, en la gran contabilidad celestial y fiscal, ambas almas (y sus carteras) son igualmente bienvenidas.
Una tradición de hormigón: De Dante a los túneles
La historia muestra que cada Jubileo debe dejar una cicatriz de hormigón en la ciudad eterna. Para 2025, el gran legado fue una plaza peatonal junto al Tíber, uniendo el gran bulevar de la Via della Conciliazione (construido arrasando un barrio entero en 1950) con el Castel Sant’Angelo. La carretera que los separaba fue discretamente enterrada en un túnel, una metáfora perfecta: los problemas se esconden bajo tierra para crear una superficie apacible y fotogénica.
Con el telón caído, León XIV ya ha marcado en el calendario divino el próximo gran evento: el Jubileo de 2033. Queda una década para que la maquinaria de la fe, el cemento y las estadísticas infladas se ponga de nuevo en marcha. El cielo puede esperar, pero la industria de la salvación, no.

















