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Internacional

El Mercado Global de Deportados y el Trueque Geopolítico

Un trueque grotesco de vidas humanas por favores políticos se expande por el globo bajo el disfraz de la cooperación internacional.

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El Nuevo Comercio Triangular del Siglo XXI

WASHINGTON, DC.- En un alarde de ingenio geopolítico que haría palidecer a los mercaderes de la Edad Media, la administración norteamericana ha reinventado el concepto de comercio triangular. No se intercambian especias o telas, sino seres humanos. La mercancía: deportados. La moneda de cambio: ayuda humanitaria con olor a petróleo y condonaciones de deuda.

El proceso es tan sencillo como elegante. ¿Su país sufre sanciones? ¿Necesita fondos para perpetuarse en el poder? ¿Anhela que Washington mire para otro lado ante sus pequeñas tropelías domésticas? Simplemente abra sus puertas y acepte un cargamento de lo que el Gran Líder del Norte clasifica como “indeseables”. Es el programa de subcontratación penitenciaria más audaz desde los gulags.

Una pléyade de naciones, desde el autoritarismo “cool” de Nayib Bukele en El Salvador hasta los reinos vitalicios de África, se han apuntado con entusiasmo a este novedoso sistema de puntos canjeables. Ruanda, gobernada con puño de hierro desde 1994, recibe a siete almas perdidas proclamando altos “valores sociales”. Valores que, por supuesto, no se aplican a la duración de los mandatos presidenciales.

Uganda, ya sobrecargada con 1.7 millones de refugiados, no pudo resistirse a añadir unos cuantos deportados estadounidenses a su colección. ¿El motivo? Una “preferencia” por africanos que brillantemente ignoraron al aceptar a un salvadoreño. La coherencia brilla por su ausencia, pero los cheques de ayuda contra el sida, esos sí llegan con puntualidad suiza.

El caso de Kilmar Ábrego García es una obra maestra del absurdo kafkiano. Deportado por “error administrativo”, devuelto, detenido de nuevo y enviado a Uganda… hasta que la justicia lo impidió. Un hombre convertido en pelota de ping-pong diplomática, un peón en el gran ajedrez de la realpolitik.

Mientras, Sudán del Sur, ese joven Estado recién salido de una carnicería que segó 400,000 vidas, recibe con los brazos abiertos a ocho deportados. ¿Prioridades? Las que marcan los dólares. Cuando se negaron inicialmente, Washington respondió con la elegancia habitual: revocación masiva de visados. La diplomacia de la zanahoria y el garrote, donde el garrote es siempre lo primero.

Los críticos lo llaman “vergonzoso”. Los defensores, “cooperación internacional”. Nosotros lo llamamos como es: el mercado de trueque más cínico de la era moderna, donde la dignidad humana es la moneda de cambio y los regímenes autoritarios los mejores clientes.

En este gran teatro global, cada deportado lleva una etiqueta invisible con el precio pagado: silencio sobre violaciones de derechos humanos, apoyo político a dictaduras decadentes, unos millones en ayuda “humanitaria”. Jonathan Swift, en su modestia, solo propuso comer niños irlandeses. Nuestros modernos estadistas han ideado algo mucho más sofisticado: no alimentarse de los pobres, sino comerciar con ellos.

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