En un alarde de coherencia que solo puede ser apreciado en su plenitud por los estudiosos más avanzados del realismo mágico burocrático, el Consejo de Defensa Nacional de la República Bolivariana se reunió en solemne sesión para defender, con la vehemencia de un león protegiendo su jaula vacía, la autoridad de un presidente legítimo cuya ubicación actual, según fuentes no del todo despreciables, es una celda en el corazón del imperio.
La vicepresidenta Delcy Rodríguez, erguida como una esfinge moderna ante el enigma de un trono ocupado únicamente por un decreto de conmoción y el eco de las cadenas, desestimó con un gesto de desdén digno de una tragicomedia griega cualquier rumor de negociación con Washington. “¿Negociar?”, parecía preguntar su mirada de hierro forjado en mil batallas retóricas, “Nosotros no negociamos con secuestradores; nosotros les enviamos notas de protesta y reactivamos consejos”. Su plan maestro, revelado ante la atónita nación, no es una compleja maniobra geopolítica, sino la noble y simple demanda de que el imperio devuelva, por favor y con una nota de disculpa, a su comandante supremo capturado.
La Teología del Poder en Ausencia
Flanqueada por los sumos sacerdotes del chavismo –su hermano, el gran comunicador, y los ministros de lo Interior y de la Defensa de lo que queda por defender–, Rodríguez articuló una nueva doctrina política: la transustanciación del mando. Maduro, aunque físicamente ausente y acusado de pecados capitales modernos como el narcoterrorismo, permanece espiritualmente presente en cada acta, cada decreto y cada consigna. El gobierno, por tanto, no es un organismo que requiere de un líder corpóreo, sino una idea pura, un fantasma institucional que emite órdenes desde el más allá de la jurisdicción estadounidense.
El Imperio Responde con Sutileza de Martillo
Mientras, desde los pantanos de Florida, el zar Donald Trump, en uno de sus oráculos televisivos, explicaba con la delicadeza de un bulldozer la nueva política de conversión forzosa. Sus argumentos, profundos como un tuit, se resumían en una oferta irrefutable: “Aliénense con nuestra realidad o su futuro será muy, muy malo”. Una diplomacia que reemplaza los canjes de notas diplomáticas por canjes de lealtades a punta de misil, y que considera la captura de mandatarios como una forma particularmente enérgica de abrir un diálogo.
La Paz de los Cementerios y la Calma de los Aturdidos
En las calles de Caracas, los corresponsales, buscando afanosamente el estado de excepción anunciado con bombos y platillos legales, solo encontraron una tensa calma. Ni tanques, ni milicias, ni el pueblo en armas. Solo el silencio incómodo de una ciudad que asiste, quizás entre la incredulidad y el hastío, a la puesta en escena definitiva: el espectáculo mustio de un poder que se autoproclama con ferocidad sobre un vacío, mientras el verdadero drama se juega en un tribunal extranjero. El teatro del absurdo geopolítico había encontrado su obra maestra: un gobierno que gobierna en nombre de un prisionero, que declara la guerra desde la impotencia y que celebra su propia lealtad como el último y más valioso bien nacional, mientras el escenario se desmorona a su alrededor.















