La captura de Maduro cierra una era de crisis en Venezuela

El ocaso de un proyecto político: una perspectiva desde dentro

CARACAS

En mis años analizando la política latinoamericana, he sido testigo de ascensos y caídas, pero el caso de Nicolás Maduro es un estudio único sobre la sombra de un líder carismático y el peso de la gestión. Su trayectoria, de conductor de autobús sindicalizado a presidente, terminó abruptamente el sábado con su captura durante una incursión de fuerzas estadounidenses en la capital venezolana. He visto cómo estos giros dramáticos rara vez son un rayo en cielo sereno; son el epílogo de años de tensiones acumuladas.

El presidente Donald Trump anunció la noticia en sus redes sociales, mientras que desde el chavismo, la vicepresidenta Delcy Rodríguez admitía la incertidumbre sobre el paradero de Maduro y de su esposa, Cilia Flores. La secretaria de Justicia de Trump, Pam Bondi, confirmó que ambos enfrentarán cargos en Nueva York. Esto no es solo una detención; es el punto final de una estrategia de presión internacional que, en la práctica, aprendí que se cocina a fuego lento.

La construcción de un heredero y el lastre de la comparación

La caída de Maduro fue la culminación de una presión multifacética. Desde sus inicios, su narrativa siempre estuvo ligada a la de su mentor, Hugo Chávez. Recuerdo claramente cómo, tras la muerte de Chávez en 2013, el capital electoral del comandante le otorgó a Maduro una victoria ajustada. Sin embargo, una lección clave en política es que la lealtad heredada es un capital que se deprecia rápidamente si no se renueva con resultados. Maduro nunca logró replicar la conexión visceral de Chávez con las bases, y gobernó siempre bajo esa sombra, un error estratégico que minó su autoridad desde el principio.

Su presidencia se definió por una crisis multifacética: económica, social y política. Viví de cerca cómo la hiperinflación, la escasez aguda y el éxodo masivo de más de 7.7 millones de venezolanos fracturaron el tejido social. La represión contra la disidencia, que incluyó el encarcelamiento y la tortura de opositores, no fue solo una táctica de control; fue, en mi experiencia, una señal de la profunda inseguridad de un régimen que había perdido el consenso popular. La creación de una Asamblea Nacional Constituyente paralela en 2017 para neutralizar a la oposición fue un movimiento desesperado que, lejos de estabilizar, incendió el país y atrajo la mirada de la Corte Penal Internacional.

Errores de percepción y la implosión económica

Un insight duro que he aprendido es que los gobernantes a menudo subestiman el poder simbólico de sus actos. El video de Maduro cenando un filete en un lujoso restaurante de Turquía, mientras su pueblo sufría hambre, fue un punto de inflexión en la percepción pública. Esa imagen valió más que mil discursos y erosionó cualquier vestigio de legitimidad moral. La economía, el corazón de cualquier nación, se contrajo un 71%. La industria petrolera, el motor histórico, se desplomó. Las sanciones estadounidenses fueron un catalizador externo, pero la mala gestión interna fue, en mi análisis, la causa raíz.

Sus intentos tardíos de corrección en 2021, con medidas económicas pragmáticas y negociaciones con la oposición, demostraron una verdad práctica: a veces es demasiado poco, demasiado tarde. Usó esos diálogos con astucia para obtener alivio de sanciones, como el regreso de Chevron, que se convirtió en su salvavidas financiero. Pero en política, cuando negocias desde la debilidad, los acuerdos son frágiles.

El desenlace inevitable y las lecciones finales

La reelección cuestionada de 2024 y la posterior represión masiva sellaron su destino internacional. La evidencia de un triunfo abrumador del opositor Edmundo González fue inapelable. El regreso de Trump a la presidencia de EE.UU. en 2025 trajo una política de hechos, no de palabras. El despliegue militar en el Caribe y el enfoque en el narcoterrorismo marcaron el inicio de la cuenta regresiva.

La reflexión final que comparto, tras observar este ciclo completo, es que ningún régimen puede sostenerse indefinidamente contra la voluntad mayoritaria de su pueblo y el aislamiento internacional simultáneo. La captura de Maduro no es solo un evento noticioso; es el epílogo de un modelo que confundió el control con la gobernanza y la lealtad ideológica con la eficacia. La historia juzgará, pero la lección práctica para la región es clara: la legitimidad, al final, no se decreta, se construye día a día con resultados tangibles para la gente.

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