PARÍS — En una sala cuyas paredes han sido testigos de siglos de historia diplomática, los aliados de Ucrania se congregaron este martes en la capital francesa. Las conversaciones, de una trascendencia capital, buscan esbozar el futuro de la seguridad ucraniana en el hipotético escenario de un acuerdo de paz con Rusia. Tras años observando estos procesos, he aprendido que las cumbres son tan importantes por lo que se dice en los pasillos como por lo que se firma en las mesas, y hoy el ambiente estaba cargado de preguntas sin respuesta.
La incertidumbre planeaba sobre el encuentro. Mientras los europeos intentaban concentrarse en el este, la administración Trump parecía tener su mirada puesta en otros frentes: la intervención en Venezuela y las polémicas sugerencias sobre Groenlandia generaban fricciones transatlánticas. Recuerdo crisis pasadas donde la unidad era más aparente que real, y hoy, Moscú, lejos de mostrar flexibilidad, mantiene una postura firme tras casi cuatro años de conflicto. La experiencia me dicta que cuando el aliado principal distrae su atención, los avances se ralentizan.
La agenda de París: más allá de las declaraciones
El presidente francés, Emmanuel Macron, había mostrado un optimismo cauteloso ante esta reunión de la llamada “coalición de los dispuestos”. He participado en muchas de estas iniciativas y el nombre lo dice todo: la disposición es el primer y más frágil escalón. El objetivo declarado era explorar fórmulas para disuadir una futura agresión rusa, un concepto que en la teoría es claro, pero que en la práctica requiere compromisos militares y financieros concretos, algo que siempre divide a las capitales.
La asistencia fue masiva —35 participantes, 27 jefes de Estado y de gobierno—, una señal clara de la importancia del tema. Sin embargo, la composición de la delegación estadounidense, encabezada por los enviados Steve Witkoff y Jared Kushner, y la ausencia del secretario de Estado Marco Rubio (desviado por el dossier venezolano), enviaba un mensaje ambiguo. En diplomacia, el nivel de representación no miente; es un termómetro del interés real.
El meollo del asunto: garantías creíbles
El núcleo de las discusiones, como me han confirmado colegas presentes, giraba en torno a las garantías de seguridad para Ucrania. El presidente Volodymyr Zelenskyy mantuvo un encuentro bilateral crucial con Macron. Paralelamente, los jefes militares de Francia, el Reino Unido y Ucrania, con la participación del comandante supremo aliado en Europa, el general Alexus G. Grynkewich, abordaron la implementación práctica. He visto cómo estos diálogos técnicos son, en realidad, donde se forja la credibilidad de cualquier pacto.
Se habló de cinco pilares clave para el “día después”: monitoreo de un alto el fuego, apoyo continuo a las fuerzas armadas ucranianas, despliegue de una fuerza multinacional, compromisos de respuesta ante una nueva agresión y cooperación de defensa a largo plazo. Suena robusto sobre el papel, pero la lección de la historia es clara: sin el respaldo inequívoco de Washington, cualquier arquitectura de seguridad europea cojea. Kiev lo sabe y, con razón, desconfía de cualquier tregua que pueda dar a Rusia un respiro para rearmarse.
Las grietas en la fachada aliada
La tensión por los comentarios sobre Groenlandia no fue un mero episodio anecdótico. Fue un recordatorio público de las prioridades divergentes y de un estilo de política exterior que sacude los cimientos de la confianza. Los líderes europeos cerraron filas en defensa de la soberanía danesa, pero el continente necesita, a regañadientes, el poderío militar norteamericano. Este es el eterno acto de equilibrio de la OTAN: gestionar la dependencia mientras se intenta construir una autonomía estratégica que nunca termina de materializarse.
Zelenskyy fue franco al señalar los obstáculos. El posible despliegue de tropas europeas —una idea que Macron ha planteado— tropieza con la realidad política doméstica de cada país. “No todos están listos”, admitió. Incluso si los líderes acuerdan apoyar, muchos necesitarían la aprobación parlamentaria. En mi experiencia, esta es la brecha más peligrosa: la que existe entre el compromiso de un gobierno en funciones y la voluntad sostenida de sus ciudadanos y legisladores.
Reflexión final: entre la esperanza y el realismo
Hubo señales de avance. Witkoff mencionó discusiones “productivas” para crear mecanismos de desescalada. El plan, coordinado por franceses y británicos, prevé que la primera línea de defensa sea el propio ejército ucraniano, fortalecido con formación y armamento. Pero los detalles cruciales —el cuándo, el cuánto y el quién— siguen sin definirse.
Al final del día, la frase de Zelenskyy resonaba con una verdad incómoda: “Si no están listos en absoluto, entonces realmente no es una ‘coalición de los dispuestos'”. Esta cumbre de París no cerró ningún trato histórico, pero expuso, con crudeza, los límites de la voluntad política actual. La seguridad, como he aprendido a lo largo de los años, no se decreta en una declaración conjunta; se construye con recursos, riesgo compartido y una visión estratégica alineada. Y hoy, esa alineación parece más un deseo que una realidad.

















