El Gran Concilio de los Bienintencionados
En la sagrada ciudad de Kiev, un templo moderno de cristal y concreto, se congregaron este sábado los sumos sacerdotes de la Seguridad Continental. Su misión, tan noble como abstracta, era analizar las más recientes propuestas de paz, un documento sagrado que, se rumora, contiene la fórmula para detener la lluvia de acero con la fuerza de las palabras. El presidente Volodymyr Zelenskyy, convertido en anfitrión perpetuo de este simposio bélico, aguarda la próxima reunión de líderes, un ritual donde se intercambian promesas solemnes y se posponen, con elegancia burocrática, las decisiones definitivas.
La Teología de las Garantías y los Billones Etéreos
“Un día de trabajo intenso”, anunció en la red social X el principal negociador, Rustem Umerov. Y, en efecto, la intensidad fue formidable: se coordinaron pasos futuros, se bosquejaron documentos marco y se bendijo la presencia de delegados de Canadá, la OTAN y otros oráculos del mundo libre. La revelación teológica del día vino del negociador Oleksandr Bevz: Ucrania será la primera línea de defensa, Europa aportará tropas decorativas y Estados Unidos brindará un apoyo de “respaldo”, un concepto tan tangible como el aura de un santo.
El viceprimer ministro Taras Kachka, con la serenidad de un contable celestial, reveló el verdadero milagro: los socios han acordado un paquete de apoyo económico de ochocientos mil millones de dólares para la próxima década. La cifra, calculada por la trinidad secular del Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Unión Europea, incluye compensaciones por lo destruido, fondos para reconstruir lo que se siga destruyendo, y un “impulso de crecimiento” de doscientos mil millones que flota en el éter de las intenciones. Todo ello, por supuesto, atado a las reformas que Ucrania debe realizar para merecer un asiento en el paraíso terrenal de la UE. El ministro de Economía, Oleksii Sobolev, confesó el pequeño detalle: nadie sabe aún de dónde saldrá el dinero, pero se resolverá en las próximas dos semanas, justo después de que termine la guerra, o tal vez antes.
El Ballet de los Nombramientos y la Realidad que Irrumpe
Mientras la coreografía diplomática avanzaba, Zelenskyy, en un arrebato de genio administrativo, propuso al ministro de Defensa como nuevo zar de la Energía y primer viceprimer ministro. Previamente, había nombrado al jefe de los espías como cabeza del Estado Mayor. “Agudizar el enfoque”, lo llamó. Una reasignación de piezas en el tablero, un baile de cargos que contrasta con el baile macabro en el frente.
Porque mientras en los salones se hablaba de billones y garantías para un futuro lejano, la realidad, esa maleducada, irrumpía con su crónica de hierro. En Járkiv, el número de muertos por un misil aumentó a dos, incluyendo a un niño de tres años, cuya biografía no cabrá en ningún documento marco. En Mykolaiv, los drones rusos dejaron a comunidades a oscuras, una interrupción del servicio que los ingenieros, héroes anónimos, trataban de reparar entre las sombras. No se reportaron víctimas, solo otro pedazo de normalidad pulverizado.
Así funciona el gran mecanismo: arriba, en la cúpula de cristal, se diseña el mapa del mundo venidero con la precisión de un relojero suizo. Abajo, en el barro y la penumbra, el reloj de la guerra marca el compás implacable del presente. Los asesores de seguridad se reunirán, los líderes posarán en París, la Coalición de los Dispuestos firmará declaraciones. Y entre tanto protocolo, la paz sigue siendo una propuesta más que se analiza, mientras la guerra, práctica y concreta, sigue escribiendo su propio informe, línea a línea, misil a misil, en el territorio que otros prometen reconstruir algún día.

















