La eficiencia burocrática devuelve migrantes en cajas tras 29 años de olvido

El Sublime Retorno de los Héroes del Progreso

En un acto de eficiencia administrativa que sólo puede describirse como meteórica, el venerable aparato estatal, en sublime sintonía con sus pares internacionales, ha logrado la hazaña de repatriar los restos mortales de dos ciudadanos ejemplares. El proceso, una carrera contra el tiempo que duró un suspiro de 29 años, culminó con la entrega de dos reliquias patrias en sus prácticos sarcófagos de cartón marrón, convenientemente etiquetados, como cualquier envío de comercio electrónico que se precie.

Los ilustres viajeros, Francisco Evelio Villatoro Velásquez y Osman Roberto Sáenz Montejo</strong, partieron en su peregrinaje económico desde las verdes colinas de Huehuetenango hacia el sueño septentrional. Su misión: contribuir al desarrollo global con su sudor. El destino, en un giro trágico-poético, les asignó un rol más acuático de lo planeado en el río Bravo, ese muro líquido que separa el anhelo de la realidad. Uno cayó en la trampa del caudal, y el otro, en el sublime y fatal error de la solidaridad humana. La maquinaria fronteriza, siempre atenta, los catalogó inicialmente con una identidad errónea, garantizando un descanso eterno en suelo equivocado. ¡Qué eficiente confusión!

Sus deudos, miembros de esa clase social que inexplicablemente carece de recursos financieros, demostraron una paciencia budista. Huérfanos ya desde una guerra civil donde el ejército nacional, según meros informes de agencias externas como la ONU, jugó un papel tan activo en la depuración demográfica, anhelaban simplemente un pedazo de tierra donde llorar. “Aquí no tengo nada”, dijo el mártir antes de partir. Una frase que resume a la perfección la política de desarrollo rural de la época y las siguientes.

El procedimiento de repatriación fue un modelo de autogestión ciudadana. El Estado protector, ocupado en tareas de mayor envergadura, observó desde la distancia cómo las familias llanas y unas organizaciones benéficas se embarcaban en un laberinto de trámites. Finalmente, tras una espera que apenas cubre la infancia y juventud de una persona, la burocracia internacional dio su bendición. La hermana de Francisco podrá, por fin, depositar un ramo de flores en una tumba cercana. He aquí el pináculo del derecho a la ritualística mortuoria, conquistado a pulso.

Una abogada de la plebe, Rosmery Yax Canastuj, tuvo la desfachatez de señalar que el Estado guatemalteco fue un mero espectador en esta epopeya. Incluso osó hacer un “llamado” para que no sea indiferente ante otras familias desesperadas. ¡Qué idea tan peregrina! Como si el Leviatán estatal estuviera para ocuparse de los detalles mundanos de sus ciudadanos desaparecidos. Su trabajo es la macrogestión, no el mezquino seguimiento de casos individuales que manchan las estadísticas de éxito diplomático.

Este conmovedor relato nos enseña que el sistema funciona, aunque a veces lo haga con la velocidad geológica de un glaciar y la calidez afectiva de un manual de procedimiento. Los mártires del desarrollo ya descansan en casa, encerrados en el emblema máximo del comercio moderno: la caja de cartón. Un final apropiado para una era que valora la logística muy por encima de la vida.

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