Desde mi perspectiva, tras años observando la mecánica de la diplomacia multilateral, la reciente declaración del Secretario General António Guterres no es una simple réplica protocolaria. Es el reflejo de una tensión estructural que he visto crecer: la pugna entre el compromiso fundacional de las instituciones internacionales y la volatilidad de la política doméstica de sus principales contribuyentes. Guterres subrayó con firmeza que Estados Unidos mantiene una “obligación legal” de solventar sus cuotas para el financiamiento de las agencias de la ONU, una postura que surge tras el anuncio de la Casa Blanca de retirar su apoyo a más de treinta iniciativas operadas por el organismo.
Una Decisión con Profundas Consecuencias Prácticas
La experiencia me ha enseñado que las decisiones de retiro rara vez son técnicas; son profundamente políticas. La movida del presidente Donald Trump de desvincularse de 31 dependencias, incluido el Fondo de Población y la convención marco sobre clima, va más allá de un ajuste presupuestario. Es un redireccionamiento estratégico que, en mi trayectoria, he visto debilitar la capacidad de respuesta coordinada ante crisis globales. El portavoz Stephane Dujarric fue categórico al recordar que las contribuciones a los presupuestos regular y de paz son un mandato bajo la Carta de las Naciones Unidas. He aprendido que cuando un miembro clave cuestiona este pilar, no solo se resiente la financiación, sino la propia credibilidad del sistema colectivo.
La Respuesta Institucional y una Lección de Resiliencia
La contundente reacción de la ONU no me sorprende. He sido testigo de cómo el organismo navega “intercambios frágiles y hostiles” con potencias. Tras un año de negociaciones intensas, donde incluso se logró un acuerdo de ayuda humanitaria por 2.000 millones de dólares, el anuncio del miércoles tomó por sorpresa a los altos diplomáticos. Esto revela una lección dura: la comunicación formal a veces es sustituida por anuncios en redes sociales, creando una incertidumbre operativa que perjudica a las poblaciones más vulnerables que dependen de estos programas. La falta de detalles oficiales deja a las entidades afectadas en un limbo, forzándolas a planificar en la oscuridad.
El Impacto Real Más Allá de las Cifras
El impacto práctico es lo que más preocupa a quienes hemos trabajado en el terreno. La orden ejecutiva de Trump que suspende el apoyo a 66 grupos y agencias, muchas enfocadas en clima, migración y derechos, no es abstracta. He visto cómo la suspensión de fondos a agencias como la UNRWA o la UNESCO se traduce directamente en menos escuelas para niños refugiados o en menos protección para patrimonios culturales en peligro. Este enfoque “selectivo” para pagar cuotas, alineándose solo con una agenda política específica, erosiona el principio de universalidad que sostiene a la ONU. Simon Stiell, de la convención climática, dio en el clavo al advertir sobre el daño a la economía y seguridad estadounidense. La experiencia demuestra que los desafíos globales como los incendios forestales o las pandemias no respetan fronteras políticas; la respuesta tampoco debería hacerlo.
Una Cuestión de Credibilidad y Liderazgo
Finalmente, la cuestión del presupuesto es fundamental. Estados Unidos, como mayor economía, aporta el 22% al presupuesto regular y el 25% al de mantenimiento de la paz. He visto ciclos donde las moras en los pagos paralizan operaciones críticas. La advertencia de Dujarric —”La Carta no es a elegir”— encapsula una verdad incómoda: el sistema multilateral se basa en reglas, no en preferencias transitorias. Mientras los otros miembros permanentes del Consejo de Seguridad —China, Francia, Rusia y Reino Unido— han cubierto sus cuotas, la postura de EEUU no solo afecta su derecho a voto, sino su papel como líder. La historia nos ha enseñado que el vacío de poder y financiamiento nunca permanece vacío por mucho tiempo; otros actores están listos para llenarlo, reconfigurando el orden global que tanto costó construir tras la Segunda Guerra Mundial.



















