Moscú mira hacia Washington y ve grietas. Grietas profundas. El principal diplomático ruso, Serguéi Lavrov, acaba de pintar un cuadro donde la idea del expresidente Donald Trump de apoderarse de Groenlandia no es una simple excentricidad, sino el síntoma de algo mucho más grave.
Para Lavrov, este episodio refleja una “crisis profunda” dentro de la OTAN. Plantea una pregunta incómoda: ¿qué pasa si un miembro de la alianza ataca a otro? “Era difícil imaginar antes que algo así pudiera suceder”, admitió el ministro en una conferencia de prensa.
Pero esto va más allá de una isla gigante de hielo. Lavrov argumenta que las acciones de Trump están sacudiendo los cimientos mismos del concepto occidental que tanto critica Moscú: ese “orden global basado en reglas”.
“Ahora no es el Occidente Colectivo quien escribe las reglas, sino solo uno de sus representantes”, comentó Lavrov con ironía.
Según su visión, el resultado es claro: “El concepto euroatlántico de garantizar la seguridad y la cooperación ha quedado desacreditado”. Y aprovechó para señalar que el control danés sobre Groenlandia es, en su opinión, un vestigio colonial. “En principio, Groenlandia no es una parte natural de Dinamarca”, añadió.
Frente a este panorama de alianza fracturada, Lavrov también habló de una posible nueva mesa de juego: la Junta de Paz propuesta por Trump. Moscú mira con interés cauteloso esta iniciativa, que nació para Gaza pero aspira a manejar otras crisis globales, potencialmente rivalizando con la ONU.
El Kremlin está estudiando la invitación para unirse. Para Lavrov, esta movida muestra que EE.UU., “incluso con la filosofía de política exterior que tiene, considera necesario tratar de convencer a un grupo de naciones para que cooperen con ellos”.
En el tema candente de Ucrania, elogió los esfuerzos negociadores de Trump, describiendo a Estados Unidos como el único país occidental que ha “expresado comprensión de la necesidad de tener en cuenta los intereses rusos”.
Sin embargo, las críticas no se hicieron esperar. Acusó a los aliados europeos de Kiev de intentar modificar las propuestas estadounidenses originales, eliminando cláusulas clave acordadas con Putin. “Moscú no aceptará tales cambios”, sentenció.
“No permitiremos el lujo de dejar que el régimen de Kiev tome un descanso y se rearme una vez más”, sostuvo Lavrov.
La desconfianza hacia Europa es palpable. Aunque no descarta contactos, cree que probablemente no se pueda acordar nada porque los líderes europeos “se han sumido demasiado en el odio hacia Rusia”.
El discurso también tocó otros puntos conflictivos:
- Condenó la captura del líder venezolano Nicolás Maduro por parte de EE.UU., llamándola “cruda intervención militar”.
- Criticó las amenazas estadounidenses a Cuba y otras naciones latinoamericanas.
- Destacó la negativa de Washington a extender por un año más los límites del tratado nuclear New START, que expira pronto.
A pesar del fricción constante, Lavrov dejó una puerta abierta al diálogo. Recordó conversaciones en Riad donde se habló de cooperar donde los intereses lo permitan y evitar que los desacuerdos escalen.
“Respondí que comparto plenamente esta filosofía y lógica”, concluyó el ministro.
Un mensaje final que suena a oferta condicional: Rusia está lista para hablar, pero solo desde una posición firme y defendiendo lo que considera sus intereses nacionales legítimos. La pelota, sugiere, está ahora en otras canchas.














