La tensión geopolítica entre Colombia y Estados Unidos alcanzó un nuevo punto crítico esta semana, tras unas declaraciones del expresidente Donald Trump que resonaron como un trueno en los pasillos del poder en Bogotá. El presidente Gustavo Petro, en una respuesta medida pero cargada de implicaciones históricas, decidió no precipitarse. En su lugar, optó por una estrategia de espera vigilante, declarando que analizaría si “las palabras en inglés de Trump se traducen como dice la prensa nacional”. Esta pausa, lejos de ser pasividad, parece ser el preludio de un enfrentamiento diplomático de alto calibre.
Pero, ¿qué se esconde detrás de esta aparente calma? Nuestra investigación revela que el núcleo del conflicto no son solo las palabras de un expresidente, sino una batalla por la narrativa y la soberanía. Petro, en un movimiento directo, instó públicamente al secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, a estudiar la Carta Magna colombiana. Según el mandatario, la postura de Rubio es un “producto de intereses ligados con la mafia que buscan la ruptura de relaciones para disparar el narcotráfico de la cocaína en el mundo”. Una acusación grave que conecta los hilos entre la política exterior y el crimen organizado transnacional.
Al profundizar, descubrimos que el presidente ya había tomado cartas en el asunto internamente. Fuentes dentro del Palacio de Nariño confirmaron la destitución de varios oficiales de inteligencia de alto rango en la policía, acusados de vender información falsa contra el Estado. Este dato, aparentemente aislado, cobra sentido cuando se observa el panorama completo: una lucha por el control de la información y la lealtad de las instituciones.
La advertencia: Entre bombardeos y el “jaguar popular”
La advertencia de Petro fue gráfica y cargada de simbolismo revolucionario. “Si bombardean campesinos, se volverán miles de guerrilleros en las montañas”, afirmó, planteando un escenario de escalada violenta. Pero la frase que capturó la atención global fue su declaración final: “Si detienen al Presidente que buena parte de mi pueblo quiere y respeta, desatarán al jaguar popular”. ¿A qué bestia política se refiere exactamente? ¿Es una metáfora de una insurrección civil masiva o del resurgimiento de movimientos sociales intratables? Los analistas consultados divergen, pero coinciden en que es una referencia directa al poder movilizador de su base.
Petro fue más allá, estableciendo una línea roja para las Fuerzas Armadas: cualquier comandante que privilegie la bandera estadounidense sobre la colombiana será retirado. Esta orden, según él, emana no solo de su autoridad como Comandante en Jefe, sino del mandato constitucional de defender la independencia nacional. Reveló, además, tener “una enorme confianza en mi pueblo”, a quien ya ha solicitado que lo defienda de actos violentos ilegítimos. ¿Estamos ante la preparación para una crisis constitucional con tintes de resistencia popular?
La raíz histórica: De la insurgencia a la constitución
Para entender la postura férrea de Petro, es necesario retroceder 34 años. El mandatario recordó que su movimiento, el M-19, tras deponer las armas, triunfó en las urnas para la Asamblea Nacional Constituyente que redactó la actual Constitución. “Fue nuestro primer triunfo electoral”, subrayó. Este no es un dato anecdótico; es la piedra angular de su legitimidad y su visión de Estado. Él no solo gobierna bajo esa Carta, sino que es, en parte, producto de ella.
Finalmente, el presidente se defendió de las críticas sobre su estrategia de seguridad. Aseguró haber ordenado operaciones militares respetando el Derecho Internacional Humanitario, logrando la captura de cabecillas de grupos armados al servicio del narcotráfico. Y aquí lanzó otra revelación incisiva: acusó a estos grupos de reclutar menores de edad como escudo humano para proteger a sus líderes. Esta táctica, denunció, complica cualquier acción militar y convierte a las comunidades en campos de batalla.
La conclusión de nuestra indagación es clara: lo que se presenta como un intercambio retórico es, en realidad, la punta del iceberg de un conflicto multidimensional. Involucra soberanía, la sombra del narcotráfico, lealtades institucionales y los fantasmas de un pasado de intervencionismo. Petro no solo está respondiendo a Trump; está redefiniendo los límites de la relación bilateral y apostando por una defensa de la autonomía colombiana que podría desencadenar fuerzas políticas impredecibles. El “jaguar popular”, sea lo que sea, está ahora al acecho en el imaginario político continental.

















