Un nuevo y siniestro capítulo se escribe en la guerra
KIEV, Ucrania — En la oscuridad de la noche, el cielo sobre Ucrania se iluminó con el fuego de cientos de drones y decenas de misiles. Las autoridades ucranianas confirmaron este viernes un ataque a gran escala que dejó un saldo de al menos cuatro fallecidos en la capital. Pero entre este diluvio de acero, un proyectil en particular ha captado la atención de analistas y servicios de inteligencia de todo el mundo: el misil balístico hipersónico Oreshnik, utilizado por segunda vez en el conflicto, impactó en el oeste del país. ¿Fue este lanzamiento, como afirman algunos mandatarios, un mensaje directo y calculado a las capitales de la OTAN?
La conexión entre diplomacia y destrucción
La cronología de los hechos suscita preguntas incisivas. Este bombardeo masivo, que incluyó el lanzamiento de un misil capaz de portar cabezas nucleares, se produjo apenas días después de que Kiev y sus aliados reportaran avances significativos hacia un pacto de defensa bilateral. Mientras la diplomacia occidental intentaba trazar una ruta hacia una paz futura, la respuesta del Kremlin, según el alto representante de la Unión Europea, fue “más misiles y destrucción“. ¿Coincidencia o una advertencia deliberada para sabotear cualquier avance negociador?
La investigación periodística revela capas adicionales. El ataque coincide con un nuevo deterioro en las relaciones entre Moscú y Washington, tras la incautación estadounidense de un petrolero y la declaración de apoyo del presidente Donald Trump a un paquete de sanciones económicas contundentes. Cada movimiento parece concatenarse en una estrategia de presión multidimensional.
El rastro forense del Oreshnik
Nuestro escrutinio se centra en el arma que cambia las reglas del juego. El Servicio de Seguridad de Ucrania identificó restos del Oreshnik en la región de Leópolis, cerca de la frontera con Polonia. Documentos y testimonios de blogueros militares rusos apuntan a que el objetivo era una gigantesca instalación subterránea de almacenamiento de gas natural, un nodo crítico por el que, se cree, transita la ayuda militar extranjera. El misil fue lanzado desde el campo de pruebas de Kapustin Yar, a miles de kilómetros de distancia.
Las declaraciones del presidente ruso Vladimir Putin sobre este artefacto son reveladoras. Afirmó que se desplaza a Mach 10, “como un meteorito“, y que es inmune a las defensas antimisiles. Incluso sugirió que su uso convencional podría ser tan devastador como un ataque nuclear. Fuentes de inteligencia ucranianas, consultadas para esta investigación, sostienen que el misil está diseñado con seis ojivas independientes, cada una con seis submuniciones, maximizando su poder destructivo contra áreas extensas.
El costo humano: una capital bajo el hielo y el fuego
Más allá de la estrategia geopolítica, la cruda realidad se impone en las calles de Kiev. Entre los fallecidos hay un paramédico, según confirmó el jefe de la administración militar de la ciudad, Tymur Tkachenko. Cuatro médicos y un agente policial resultaron heridos mientras cumplían con su deber de auxilio. El alcalde Vitali Klitschko detalló una crisis humanitaria en ciernes: cerca de 6,000 edificios de apartamentos, en una ciudad cubierta de nieve, se quedaron sin calefacción con temperaturas de -8°C. El suministro de agua también fue interrumpido.
El testimonio de Dmytro Karpenko, de 45 años, cuyo vecindario fue alcanzado, resume el sentimiento de una población exhausta: “Lo que Rusia está haciendo, por supuesto, demuestra que no quiere la paz. Pero la gente realmente quiere la paz, la gente está sufriendo, está muriendo“. Incluso la embajada de Qatar, un Estado que ha mediado en intercambios de prisioneros, sufrió daños, un hecho que el presidente Volodymyr Zelenskyy calificó de simbólicamente grave.
Las reacciones y una verdad incómoda
La comunidad internacional ha elevado su tono de condena. La jefa de política exterior de la UE, Kaja Kallas, fue categórica: el lanzamiento del Oreshnik es “un aviso para Europa y para Estados Unidos“. Moscú, por su parte, justificó el ataque como represalia por un supuesto operativo ucraniano con drones contra una residencia de Putin, una acusación que tanto Kiev como Washington han rechazado.
La investigación concluye con una revelación significativa: el Oreshnik no es solo un arma física, sino un instrumento de guerra psicológica. Analistas consultados coinciden en que su despliegue busca sembrar la inquietud entre los ciudadanos ucranianos y, lo que es más crucial, infundir temor en los países occidentales que suministran armamento, cuestionando la efectividad de sus escudos defensivos y probando su determinación. El ministro de Exteriores ucraniano, Andrii Sybiha, ha anunciado medidas legales y diplomáticas urgentes, pero la pregunta persiste: ¿la demostración de fuerza rusa logrará fracturar la unidad transatlántica o, por el contrario, la consolidará frente a una amenaza que ahora vuela diez veces más rápido que el sonido?




















