“No los van a juzgar allá; ya los están gobernando desde allá.”
En los pasillos del poder ya no se escucha el eco de discursos, sino el crujido del velcro imaginario de una pijama naranja. No es uniforme oficial, pero en la política mexicana se ha vuelto el símbolo del miedo: el miedo a que el teléfono suene desde Washington y alguien no vuelva a dormir en casa.En Culiacán, cuentan, el gobernador ya no mide el tiempo en sexenios sino en horas. No espera auditorías ni encuestas: espera rumores. Porque en la nueva narrativa, Palacio Nacional no gobierna; administra entregas, como si el Estado fuera una paquetería diplomática con destino final en Texas.
La versión corre como pólvora porque tiene combustible: sí, México ha enviado criminales a Estados Unidos. Sí, Washington presiona. Sí, la cooperación en seguridad existe. Pero el salto lógico es un clavado sin agua: de narcos extraditados a políticos esposados hay un abismo jurídico que nadie ha probado… pero muchos explotan.
Morena, partido-movimiento-gobierno, se mira al espejo y ya no ve ideología; ve listas. Listas no confirmadas, filtraciones sin sello, columnas sin fuente dura. El rumor se vuelve castigo anticipado: hoy no importa si es verdad, importa si parece posible.
Mientras tanto, la presidenta niega. Y hace bien. Pero negar ya no apaga incendios cuando el miedo es rentable. El adversario no necesita pruebas: le basta la imagen mental del funcionario despertando en una celda extranjera, con nombre mal pronunciado y derechos leídos en inglés.
El problema no es si Estados Unidos quiere políticos mexicanos. El problema es que la clase política mexicana ya cree que eso puede pasar… y actúa en consecuencia.
Cuando un gobierno gobierna con rumores y la oposición milita con fantasmas, la soberanía no se pierde en una invasión: se diluye en el pánico. Y el verdadero uniforme de poder no es la pijama naranja, sino el miedo a ponérsela.
Columan elaborada por :
La sombra desde la banqueta


















