El Papa busca la unidad cristiana en la cuna del Credo

Una Peregrinación a las Raíces de Nuestra Fe

Después de años estudiando la historia de la Iglesia, puedo afirmar que presenciar a un Papa rezando en Iznik, la antigua Nicea, es uno de esos momentos que te detienen el corazón. No es solo un viaje geográfico; es una peregrinación al alma misma del cristianismo. Que el papa León XIV se convirtiera en el primer pontífice en pisar este suelo sagrado, donde hace 1.700 años los padres conciliares forjaron el Credo niceno, es un mensaje poderosísimo. En mi experiencia, los lugares cargados de historia tienen una elocuencia silenciosa. Allí, en Iznik, donde apenas persisten las huellas de la basílica de San Neófito, uno comprende que la fe no se mide por la grandiosidad de las construcciones, sino por la fortaleza de los cimientos doctrinales que se establecieron.

Un Acto de Sanación en Tiempos de Fractura

He aprendido, a veces a las duras, que la unidad no significa uniformidad. El rito de oración ecuménico liderado por el Santo Padre junto a patriarcas ortodoxos fue un masterclass práctico de esto. La ausencia del patriarca Cirilo de Moscú, una sombra proyectada por la dolorosa guerra en Ucrania, nos recordó a todos una lección crucial: las divisiones teológicas a menudo se ven agravadas por conflictos políticos. Es una realidad incómoda que quienes trabajamos en diálogo interreligioso conocemos bien. El gesto del Papa, en la misma cuna del primer concilio cristiano, fue un intento valiente de comenzar a sanar desde la raíz, mostrando que la oración conjunta puede ser un bálsamo donde la diplomacia a veces fracasa.

El Mensaje Perdurable: Fe, no Fanatismo

El discurso de León XIV resonó con una sabiduría que solo da la experiencia. Al exhortar a superar discordias y advertir contra el uso de la religión para justificar la violencia, tocó un nervio vital de nuestro tiempo. He visto cómo, en la práctica, cuando nos enfocamos en cuestiones secundarias, perdemos de vista el núcleo de la fe que promueve la fraternidad universal. Su mensaje, centrado en el diálogo y la colaboración, evitando caer en polémicas inmediatas como la guerra en Gaza, fue estratégico. A lo largo de los años, he comprobado que para construir puentes duraderos, a veces hay que sembrar primero en un terreno común, y Nicea es el terreno común por excelencia para todos los cristianos. Nos recordó que la auténtica expansión religiosa, como la iniciada en Nicea, no impone, sino que se encarna, se adapta y convence con el ejemplo de una fe viva y coherente.

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