“En México, cuando una corona brilla de más… siempre vale la pena revisar quién encendió la lámpara.”
En la banqueta, frente a una lona descolorida de Pemex, un obrero me dijo con ironía: “En este país, hasta el petróleo tiene jurado de Miss Universo… y siempre gana la favorita.”
Detrás de él, un ducto recién pintado brillaba como si esperara que también lo coronaran.
La coronación de Fátima Bosch desató más que aplausos: levantó cejas, sospechas y hasta expedientes polvosos. Y es que justo cuando México aplaudía su triunfo, Pemex publicó una felicitación tan entusiasta que parecía boletín corporativo… o carta de recomendación atrasada.
Enseguida aparecieron las coincidencias incómodas: un contrato de 745 millones de pesos adjudicado en 2023 a un consorcio donde figura un empresario vinculado al certamen. Y ahí, como cameo involuntario, el padre de la ganadora, Bernardo Bosch Hernández, sentado —metafóricamente— en la oficina contigua.
La caricatura nacional hizo el resto: en redes, muchos imaginaron una escena tipo reality show. En un lado del escenario, el dueño de Miss Universo; del otro, los adjudicadores de Pemex. En medio, un ducto que parecía pasarela. Y todos preguntándose, sin decirlo: ¿y si esa corona nació lubricada con aceite crudo?
El padre respondió rápido: “Yo no otorgo contratos.” Y Pemex remató: “Todo fue legal y por concurso.” El problema es que en México, la palabra “concurso” ya suena a oxímoron: puede referirse a licitaciones… o a realitys donde también gana quien “más puntos” tiene, aunque nadie sabe quién los contó.
La opinión pública, siempre afilada, no tardó en hacer su dictamen: cuando el petróleo se mezcla con el glitter, algo huele raro. No necesariamente ilegal, pero sí incómodamente coreografiado.
Pero el verdadero giro no está en los contratos… sino en los silencios. Pemex dice que todo es coincidencia. Bosch dice que todo es calumnia. Miss Universo dice que todo es mérito.
Y la ciudadanía —que ha visto demasiadas telenovelas políticas— sospecha que cuando todos hablan al mismo tiempo, es porque nadie quiere que escuchemos lo importante.
En un país donde las coronas brillan y los ductos se esconden bajo tierra, lo único que nunca cambia es esto: cuando algo huele a petróleo… no suele ser perfume.
Columna elaborada por :
La sombra desde la banqueta
















