La peregrinación anual al altar del peaje

En un espectáculo de devoción ciudadana que supera cualquier ritual religioso, miles de fieles automovilísticos emprendieron, este último día del año gregoriano, su peregrinación obligatoria hacia el sagrado nodo de Querétaro. El objeto de su veneración no era una reliquia, sino la sublime experiencia de pagar por el privilegio de sentirse en movimiento, frente a los sagrados pórticos de cobro de CAPUFE, la orden monástica que custodia los caminos y la paciencia de la nación.

La procesión de carruajes metálicos, desde el humilde automóvil hasta el majestuoso autobús de peregrinos, se extendía en una serpiente de acero y frustración aproximadamente cuatrocientos metros antes del altar principal. Allí, cada creyente debía realizar la ofrenda monetaria que le permitiría acceder a la promesa de la autopista despejada, un paraíso que, según los evangelios de CAPUFE, siempre existe “una vez pasada la caseta”.

¿Qué fuerza divina o terrenal ordena este éxtasis colectivo del embotellamiento?

Los teólogos viales afirman que es el irresistible llamado del “cierre de año”, un hechizo temporal que convence a multitudes de que la felicidad reside en otro punto geográfico, accesible solo tras una purga purificadora en el tráfico. Para gestionar este éxtasis, la sagrada institución ha desplegado diez altares de cobro y un misterioso carril de paso rápido para los iluminados que portan el amuleto IAVE, un sistema tan eficaz que la congestión sigue siendo un acto de fe colectiva.

Los mandamientos de la institución para navegar el purgatorio vehicular

Mientras el sentido hacia Querétaro era un vía crucis, el camino inverso, hacia la gran urbe de México, fluía con la tranquilidad de un río de asfalto desierto. Esta asimetría perfecta sugiere una verdad metafísica: la búsqueda siempre es más congestionada que el regreso, una alegoría de la condición humana moderna. Los carriles, en su infinita sabiduría, presentaban un “flujo constante”, demostrando que el sistema funciona impecablemente para quienes no intentan usarlo todos al mismo tiempo.

El contrasentido revelador: el éxodo y el vacío

Los sumos sacerdotes de CAPUFE, en su infinita benevolencia, recomiendan a los fieles “planear” su viaje, un concepto revolucionario que implica anticipar lo completamente predecible. Su presencia en el lugar no es para cuestionar el ritual, sino para “agilizar” su desarrollo y ofrecer asistencia para “incidentes menores”, como crisis existenciales o la repentina comprensión de la absurdidad de la empresa. Así, año tras año, la nación celebra su fe en el movimiento, pagando su diezmo en la caseta, en una ceremonia que refuerza que la única verdadera constante es la fila.

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