Soberanía con cable incluido

“La soberanía no se enchufa… o se construye, o se simula.”

 

México volvió a sacar la palabra “soberanía” del cajón este fin de semana. La puso sobre la mesa, la alzó como escudo y la repitió con voz firme frente a Washington. En el discurso sonó fuerte, redonda, casi heroica. En la realidad, sonó como cuando alguien presume independencia mientras revisa si ya le cayó la transferencia.

La escena es conocida: desde Palacio Nacional se marca distancia, se exige respeto, se recuerda que México no es patio trasero de nadie. El problema no es lo que se dice. El problema es desde dónde se dice. Porque mientras el micrófono habla de autodeterminación, el país sigue conectado a un cable grueso que cruza la frontera norte y alimenta comercio, remesas, inversión, seguridad y hasta la estabilidad política.

Eso no es traición. Es estructura. Pero fingir que no existe sí es una forma de engaño.

México no es un país débil, pero tampoco es el país libre que el discurso sugiere. Su economía depende de un solo socio. Su migración funciona como válvula de escape social. Sus remesas sostienen regiones enteras. Su seguridad se coordina —aunque no se admita— con agencias extranjeras. Y aun así, cada vez que Estados Unidos sube el tono, aquí se responde como si el tablero estuviera parejo.

No lo está.

La soberanía real no se mide por declaraciones, sino por margen de maniobra. Y el margen de maniobra mexicano es estrecho. No porque falte dignidad, sino porque sobra dependencia. Lo incómodo es que esa dependencia no se discute. Se disfraza. Se envuelve en símbolos patrios y se vende como firmeza cuando en realidad es contención.

La oposición tampoco sale bien librada. Critica la retórica gubernamental, pero no ofrece una alternativa distinta. Cambia el tono, no el fondo. Su modelo también necesita el mismo cable. Nadie propone desconectarlo; sólo pelean por quién sostiene el enchufe.

Y la ciudadanía aplaude. Aplaude la frase fuerte, el gesto firme, la respuesta rápida. Aplaude la sensación de dignidad, aunque sea momentánea. Porque cuestionar la soberanía real implicaría aceptar algo más incómodo: que el país no ha construido todavía una autonomía económica, energética y tecnológica que respalde su discurso político.

Ese es el verdadero silencio del fin de semana.

No se habló de cómo diversificar mercados.
No se habló de reducir la dependencia fiscal indirecta de las remesas.
No se habló de fortalecer instituciones sin cooperación forzada.
No se habló de soberanía material, sólo simbólica.

Y la soberanía simbólica es barata, pero frágil. Sirve para el aplauso, no para la negociación dura. Funciona en la tribuna, no en la mesa donde se deciden aranceles, visas, inversiones o sanciones.

México no necesita dejar de hablar de soberanía. Necesita dejar de confundirla con valentía verbal. Porque un país verdaderamente soberano no grita que no se deja. Simplemente no puede ser doblado.

Hoy, México todavía se dobla. Con cuidado, con discurso, con dignidad retórica. Pero se dobla.

Y mientras no se reconozca eso, la soberanía seguirá siendo una palabra grande sostenida por una realidad pequeña… y conectada.

Columna elaborada por :
La sombra desde la banqueta

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